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COMENTARIOS DE ACTUALIDAD 




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THE LIBRARY OF THE 

UNIVERSITY OF 

NORTH CAROLINA 

AT CHAPEL HILL 




ENDOWED BY THE 

DIALECTIC AND PHILANTHROPIC 

SOCIETIES 



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This book is due at the WALTER R. DAVIS LIBRARY on 
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may be renewed by bringing ít to the library. 


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in 2012 with funding from 

University of North Carolina at Chapel Hil 



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COMENTARIOS 



de ACTUALIDAD 



»OR EL LICENCIADO 



MANUEL R. URUCHURTU, 



DIPUTADO AL CONGRESO DE LA UNION. 



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EUSEBIO GÓMEZ DE LA PUENTE 

■■ ■■■ ■ U'HRERO E'tMTOR-.---- . v 

MÉXICO, BARCELONA. 



GASA EDITORIAL Y LIBRERÍA 

— DE — 

EÜSEBIO GÓMEZ DE LA PUENTE. 

2* Calle de Nuevo México Número 32.- — apartado Postal Número 59 bis. 

MÉXICO- 
EXTRACTO DEL CATALOGO. 



Biblioteca Sociológica internacional publicada bajo la dirección de Santiago Yalentí Camp. 



OJBSÍJ^S PUBLICADAS: 



Vol. 

R. U. Emerson. Siete ensayos 2 

G. de Greef. Las leyes sociológicas 1 

A. Loria. Problemas sociales contempotáneos . . . 1 

C. Kaustry. La defensa de los trabajadores y la jor- 
nada de ocho lloras • 1 

F. Guien de los Rios. Filosofía y Sociología. . r 

G. Sergi. Leopardi á la luz de la ciencia 2 

A. Harnack. Esencia del Cristianismo 2 

G. de Greef. Evolución de las crencias y de las doc- 
trinas políticas • . 2 

Th. Siegler. La cuestión social es una cuestión moral. 2 
A. Frunce. El Jardín de Epícuro. ....... 1 

E. González- Blanco . El Femenismo en las socieda- 
des modernas 3 

IV. James. Los ideales de la vida 2 

G. de Azcárate. Concepto de la Sociología y un estu- 
dio sobre los deberes de la riqueza 1 

N. Colajanni. Razas superiores y razas inferiores. . 3 

7 . Carlyle. Sartor Resartus 2 

J. Fiske. El destino del hombre 1 

M. Longo. La conciencia criminosa 1 

R. Ardigó. La ciencia de la educación 2 

I. Valenti Vivó. La sanidad social y los obreros. . . 2 

E. Laureut. Antropología criminal r 

P. Rossi. Místicos y sectarios 2 

P. Dorado. Nuevos derroteros penales 1 

A. Chiappelli. El Socialismo y el pensamiento mo- 
derno 2 

D. Rniz. Genealogía de los símbolos 2 

G. Sergi. La evolución humana individual y social. 2 
G. Schmoller. Política social y Economía política. . 2 

Angliolini. De los delitos culposos .• 2 

G. Pazzi. El Arte en la muchedumbre 2 

J. Antich. Egoísmo y Altruismo 1 

A. Dyroff. El concepto de la existencia 1 

A. Asturai o. El materialismo histórico y la sociolo- 
gía general. . : 1 

P. Rossi. El alma de la muchedumbre 2 



Vol. 



A. Angiulli. La filosofía y la escuela 3 

C. Perrini. El Mundo y el Hombre 1 

J. Jaurcs. Acción socialista 2 

M. Legrain. Degeneración social y Alcoholismo . . 1 
P. Rossi. Los sugestionadores y la muchedumbre. . 1 

Filen Key. El siglo de los niños 2 

G. Rodríguez García. La Nueva Pedagogía ... 4 

E. Crosse. Los comienzos del Arte 2 

71/. Thury. El paro forzoso 1 

G. Gimbali. El derecho del más fueite 2 

F. Ciccotti. El ocaso de la esclavitud en el inundo 
antiguo 3 

J. Gascón. Los sindicatos y la libertad de contrata- 
ción 2 

A. Néicforo. Fuerza y riqueza 2 

M. A. Vaccaro. Génesis y función de las leyes pe- 
nales 2 

H. Hóff'eding. La Moral. Principios de Ética . . . 1 
— La Moral. La moral individual, social 

y de familia 1 

H. Hóftding. La moral. La libre asociación de cul- 
tura 1 

H. Hoffding. La Moral. La cultura religiosa y filan- 
trópica. El Estado 1 

.5. A^. Paiten. Los fundamentos económicos de la 

protección 1 

S. Valenti Camp. Premoniciones y Reminiscencias . t 
T. Carlyle. Los héroes, el culto de los héroes y lo 

heroico en la Historia 2 

Filen Key. Amor y matrimonio 2 

E. Reich. El Éxito de las Naciones. ...... 2 

L. Orchansky . La herencia en las familias enfermas. 1 
A. Albornoz. Individualismo y socialismo . . . . 1 

A. Chiappelli. Voces de nuestro tiempo 2 

5. Valenti Camp. Atisbos y disquisiciones . . . . 1 

A. Menger. El Estado socialista 2 

L. Laconr. Humanismo Integral 2 

Th. Hertzka. Las leyes de la evolución social ... 2 



Cada tomo en 8?, rústica $ 0.38 



Blanco-Fombona (R). Letras y Letrados de Hispano -América. Un tomo en 40a 

la rústica | 1 50 

Blasco Ibáñez (.Vicente). En el país del arte. Un tomo en 8 o tela .... 1 00 

Cuentos valencianos Un tomo 8° rústica o 50 

— La Condenada (cuentos) . Un tomo 8 Ü rústica O 50 

— 'Arroz y tartana (novela). Un tomo 8° rústica o 50 

— Flor de Mayo (novela). Un tomo 8 o rústica O 50 

La Barraca (novela). Un tomo 8" rústica I 50 



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COMENTARIOS 



de ACTUALIDAD 



POR EL LICENCIADO 



MANUEL R. URUCHURTU 



DIPUTADO AL CONGRESO DE LA UNION. 



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EUSÉBIO GÓMEZ DE LA PUENT 
LIBRERO EDITOR. 

MÉXICO, BARCELONA. 




BUFETE 



DE LOS 



LICS. E. MAQUEO CASTELLANOS 



MANUEL R. URUCHURTU 



PRISCILIANO MALDONADO 



AVENIDA DE SAN FRANCISCO NUM. 8. 

Apartado postal 1, 182. 
Dirección Cablegrárica: "URUCHURTU." 



EL SUCESOR DE DÍAZ 



B3ST LA 



PRESIDENCIA DE MÉXICO 



POR A. C. BRADY. 

En el mes de Enero de 1903 un político nuevo ingresó al 
Gabinete del Gral. Porfirio Díaz. En ese tiempo su nombre 
era relativamente desconocido fuera de México, y no de lo 
más familiar entre el pueblo de la República. Hoy ocupa en 
su propio país una posición tan prominente que, en importan- 
cia, se sigue solo al Gral. Díaz, y los capitalistas norteame- 
ricanos y europeos, allí interesados, que por varios años han 
estado planteando el problema "¿Después de Díaz, quién?" 
están ansiosos buscando informaciones referentes á las cuali- 
dades que lo caracterizan y á sus aptitudes para gobernar. 
Este hombre es Ramón Corral, Ministro de Gobernación, 
quien inaugurará su período como Vicepresidente de la Re- 
pública Mexicana en Diciembre del corriente año, y, si vive, 
será él sucesor del Gral. Díaz, quien lo ha elegido para reci- 
bir el manto de la autoridad cuando lo desprenda de sus hom- 
bros. 



4 

Corral fué designado para Vicepresidente por el Partido 
Nacionalista de la Ciudad de México, el 7 de Junio último, 
y en virtud de las peculiares condiciones políticas existentes 
allí, la designación equivalía á una verdadera elección. En 
realidad no hubo otro candidato para el puesto en contra de 
ól como no lo había en contra del mismo Gral. Díaz, y el 11 
de Junio cuando se anunció la reelección de Díaz para Pre- 
sidente, Corral, 'le igual manera y de acuerdo con las formas 
constitucionales fué elevado á la Vicepresidencia. El entran- 
te año lo verá, pues, compartiendo las cai'gas del Poder Eje- 
cutivo con el constructor del México Moderno. 

Al nombramiento de Corral precedió la, adopción de las 
reformas hechas á la Constitución de México por las cuales 
se crió la Vicepresidencia y, á la vez, se extendió el término 
Presidencial á seis años. La organización política que lo de- 
signó, está compuesta de hombres que se hallan en contacto 
directo con el Gral. Díaz en diferentes partes de la Repúbli- 
ca. Los cambios constitucionales y la convención fueron los 
pasos preliminares concebidos por Díaz para la sucesión Pre- 
sidencial, cuestión que ha sido de trascendental interés para 
México por muchos años. Este plan incluye su retiro tempo- 
ral de la Presidencia durante el curso del próximo período á 
fin de que Corral ampliamente abandonado á sus propios re- 
cursos, pueda tener oportunidad de dar á conocer sus aptitu- 
des como gobernante y á fin de que el pueblo de México, va- 
ya acostumbrándose á un nuevo mandatario. Si Díaz vive 
(y el vigor mental y físico de que goza ahora prometen mu- 
chos años así), este detalle será puesto en práctica, sirviendo 
de pretexto para su retiro su acariciado proyecto de viajar por 
los Estados Unidos y Europa. Durante el tiempo que Díaz 
continúe activamente al frente de los negocios, Corral estu- 
diará bajo su dirección y al fin de los seis años estará especial- 
mente apto para emprender y llevar á cabo su tarea. Si Díaz 
muere, el arreglo hecho proveerá á una sucesión lógica y, se- 



5 

gún se cree, reducirá al mínimum los peligros de un cambio 
político. 

Para comprender bien lo que significa para México la des- 
aparición del Gral. Díaz, es necesario comprender antes algo 
de lo que él lia hecho y hasta que grado domina de una ma- 
nera absoluta los negocios del país. Antes de Díaz, aquello 
era el caos; desde su advenimiento hay orden. Obtuvo el po- 
der por medio de una revolución, ó instantáneamente se eri- 
gió en el campeón de la paz. Dotado con un maravilloso co- 
nocimiento de la naturaleza humana se rodeó de hombres 
hábiles en quienes pudo confiar y construyó una organización 
nueva como no existe otra igual en ningún otro país. Domi- 
nó con mano de acero las tendencias revolucionarias y el pi- 
llaje, ofreció garantía de paz á los millones de los America- 
nos y de los Europeos que buscaban inversión segura en el 
exterior. Suprimió el voto popular como prematuro en razón 
de su íntima conexión con los alborotos característicos de la 
raza mexicana, pero al mismo tiempo tuvo oportunidad de 
conservar cuidadosamente y fomentar las formas republica- 
nas. En los veinte años que continuamente ha gobernado á 
México, Porfirio Díaz ha sido el principio y el fin de todos los 
políticos mexicanos, y la paz de que ha gozado el país y el 
progreso maravilloso que ha obtenido, constituyen un argu- 
mento sorprendente en favor del gobierno autocrático. 

Puede Corral continuar la obra de Díaz? El futuro de es- 
te país depende principalmente de la acertada solución acer- 
ca de ese problema. El presente no exije de una manera for- 
zosa un segundo Díaz, porque México está hoy establecido ya 
como una potencia moderna del mundo, y su pueblo ha podi- 
do apreciar los beneficios de la paz, para que el nuevo gober- 
nante al sucederle necesite demostrarse como un hombre de 
fuerza extraordinaria, y poseyendo tacto y habilidad para ha- 
cer frente instantáneamente á cualquiera emergencia política. 
Si México pasa de Díaz á Corral sin disturbios políticos, se 



6 

disminuirá altamente la posibilidad de trastornos interiores 
en los años futuros. 

El Ministro de Gobernación tiene ahora 50 años de edad 
y por cerca de veinte años lia estado en contacto con la admi- 
nistración de Díaz. Es nativo de Alamos, pequeña ciudad del 
Estado de Sonora y de humilde origen como el Gral. Díaz. 
Hizo su aparición en la vida pública como editor de dos pe- 
riódicos en su ciudad natal, los cuales estableció con el pro- 
pósito de combatir la administración del Grral. Ignacio Pes- 
queira, entonces Gobernador de Sonora. Más tarde Corral 
tomó parte activa en la revolución que derrocó al Gral. Pes- 
queira. Fué empleado en la nueva administración del Esta- 
do y en 1887, después de haberse hecho conocer de Díaz, fué 
nombrado Vicegobernador de Sonora. Después figuró como 
Diputado en el Congreso Nacional, y en 1895 de nuevo se 
hizo cargo del Gobierno de Sonora. Durante cuatro años, Co- 
rral permaneció como Gobernador de aquel Estado y en ese 
tiempo Sonora obtuvo maravillosos progresos en toda clase de 
mejoramientos modernos. En 1900 fué llamado á la ciudad 
de México por el Presidente, y hecho Gobernador del Distri- 
to Federal, lo que equivale al Distrito de Columbia incluyén- 
dose la Capital con sus suburbios. En diez y seis de Enero 
de 1903 entró al Gabinete del Presidente Díaz como Minis- 
tro de Gobernación. 

El incidente que abrió campo á Corral en el Gabinete del 
Gral. Díaz, lo puso en condiciones de hacer de él el hombre 
más apropiado para la sucesión Presidencial. Tal incidente 
fué la renuncia que hizo el Gral. Reyes del puesto de Minis- 
tro de Guerra y Marina. Hasta ese momento el Gral. Reyes 
había sido considerado como el sucesor más probable de la 
Presidencia, compartiendo tan elevada distinción con José 
Yves Limantour, Ministro de Hacienda. Pero la enemistad 
entre Reyes y Limantour se desarrolló en abierto antagonis- 
mo, á consecuencia de las distinciones iguales de que ambos 



7 

gozaban con el Presidente como miembros de su familia ofi- 
cial. Díaz comprendió indudablemente el peligro de confiar 
la Presidencia á Reyes ó á Limantour con motivo de la ene- 
mistad desarrollada entre ambos, y no es del todo improbable 
que él hubiera asociado á Corral con la idea de la Presiden- 
cia cuando por razón de la renuncia de Reyes, arregló de nue- 
vo las posiciones en el gabinete y le ofreció la cartera de Go- 
bernación. 

Corral tiene una sugestiva personalidad; es demócrata y 
diplomático á la vez, y al vérsele, despierta la idea de un hom- 
bre fuerte. Su capacidad para gobernar se demostró en So- 
nora, y durante el tiempo que desempeñó el cai'go de Gober- 
nador del Distrito Federal; capacidad que se ha desarrollado 
en el más amplio ó importante campo del Ministerio de Go- 
bernación. Nativo de un estado limítrofe, al frente de cuyo 
Gobierno estuvo, se ha puesto muy al contacto con los ame- 
ricanos absorbiendo muchas ideas útiles y siendo admirador 
de la energía americana. Hay un detalle de interés principa- 
lísimo para los Estados Unidos, y es que Corral es proteccio- 
nista. Mientras fué diputado por Sonora en el Congreso Na- 
cional hubo una escacez de trigo en el Estado de Sinaloa y 
en el Territorio de la Baja California, y la comisión de ha- 
cienda de aquel cuerpo propuso una ley admitiendo en Cali- 
fornia trigo y harina libres de derechos. Corral la combatió 
opoyándose en que arruinaría á la agricultura y á la industria 
harinera de Sonora, habiéndose rechazado el proyecto de ley 
á consecuencia de sus empeños. Cooperó en el aumento de los 
impuestos y la importación hechos en el presente año, y ba- 
jo su dirección los ejemplos proteccionistas de los Estados 
Unidos serán observados tan prontamente como varias indus- 
trias de México lleguen á ser dignas de la ayuda del Gobierno. 

La impresión General en México está en favor de la elec- 
ción hecha por el Presidente Díaz al designar á Corral como 
su sucesor. No se halla ligado con el círculo de Reyes ni con 



el de Limantour, y aun cuando es más íntimo amigo de Li- 
mantour que de Reyes, su amistad con el primero no llega á 
ser antagónica para con el último. Cuando la comisión del 
partido nacionalista se presentó al Grral. Díaz para notificar- 
le el nombramiento do Corral, el Presidente contestó refirién- 
dose principalmente á la juventud del Ministro de Goberna- 
ción. El Grral. Díaz espera que Corral podrá gobernar sin in- 
terrupción, como él lo ha hecho, hasta el momento en que la 
República pueda economizarse los peligros que surgirán por 
los cambios políticos. 

Es probable que poca gente de los Estados Unidos pueda 
imaginarse hasta qué grado este país se halla interesado en el 
futuro de México. La circunstancia de ser ambos países li- 
mítrofes es por sí misma muy importante y las dos Repúbli- 
cas por fortuna se hallan ligadas de una manera firme por in- 
tereses comerciales. 

México recibe de los Estados Unidos las dos terceras partes 
de sus exportaciones. Hay invertidos allí seiscientos millones 
de moneda americana y la corriente de oro á través del río gran- 
de no se detiene. Solo en la Ciudad de México, hay seis mil re- 
sidentes americanos los que reunidos á los que hay en otras 
partes de la República llegan á sumar por lo menos la cifra 
de treinta mil. Si el próximo cambio político en México fue- 
ra seguido de trastornos intestinos, los Estados Unidos se ha- 
llarían directamente afectados. En el evento de que una re- 
volución pusiera en peligro la vida de los ciudadanos ameri- 
canos y produjera la confiscación de la propiedad americana, 
los Estados Unidos se verían obligados á intervenir. La in- 
tervención en tal circunstancia podría modificar el mapa de 
la América del Norte, dando la señal del fin de la Indepen- 
dencia de México, y la fusión de esa República con los Esta- 
dos Unidos. 

Por la traducción, 

Manuel R. Uruchurtu. 



GENTES Y COSAS DE MÉXICO. 



En el presente número damos á conocer un artículo pu- 
blicado en la edición correspondiente al mes de Agosto, 
del "Rewiew of Rewiews," que se edita en Nueva York, y 
es, quizá, el Magazine más caracterizado de los Estados Uni- 
dos de América. 

Colocamos la traducción de este artículo en esta parte 
dedicada á las gentes y cosas de México, porque en él se 
trata de la cuestión palpitante y del momento en la Repú- 
blica Mexicana, que es la sucesión Presidencial y la reciente 
elección hecha en favor del C. Ramón Corral para el cargo 
de Vicepresidente. 

El autor del artículo, Mr. Austin C. Brady, revela 
conocimiento del país acerca del cual escribe y de las condi- 
ciones porque ha venido atravesando desde queelGral. Díaz 
se ha echado sobre las espaldas la enorme tarea de hacer un 
país serio de lo que antes solo era un proyecto de país, con- 
trayendo así una inmensa responsabilidad ante la historia, 
granjeándose á la vez la admiración del mundo entero, y la 
eterna gratitud de los mexicanos verdaderos amantes de su 
suelo. 

Es natural ese conocimiento. En todas partes se ob- 
serva con marcada atención y simpatía la marcha de Mé- 
xico; su desarrollo económico siempre creciente, á pesar de 

2 



10 

tantas vicisitudes en contra; sus hombres públicos; sus ele- 
mentos de subsistencia y las probabilidades que tiene á su 
favor para desempeñar en el futuro el papel que la naturale- 
za, por condiciones geográficas especiales, le ha confiado: la 
salvación y persistencia de la raza latino-americana en el 
Continente. Pero si en todas partes es observado México 
con tan marcada atención, todavía lo es mucho más en los 
Estados Unidos, donde, por razón de la cercanía que, por sí 
sola, determina una corriente constante de productos, de 
hombres y de relaciones, hay el gran interés de conservar 
un mercado siempre listo para el consumo de los productos 
americanos; un suelo rico de donde extraer en todo tiempo 
al menor costo las materias primas para sus industrias; una 
tierra de inversión segura y respetada para el excedente del 
capital americano que busca colocación en el exterior, y has- 
ta un lugar de recreo en invierno y en verano, para los po- 
tentados que buscan solaz y vacaciones lejos de sus centros 
comerciales. Esos y otros muchos motivos influyen para que 
los norte-americanos observen y estudien, con el interés con 
que lo hacen, á su país más vecino: al atribuir, con no poca 
razón,la paz de que ahora goza el país, al Gral Díaz; al com- 
prender que debido á ese hombre obtienen, año tras año, el 
rédito correspondiente á los capitales que han invertido en 
ferrocarriles, minas y tantas otras industrias, y que, á pesar 
de las aterradoras bajas del cambio se saldan oportunamente 
sin la menor variación los compromisos que la Nación Me- 
xicana ha contraído en el exterior, no es raro que los norte- 
americanos fomenten esa inversión de sus capitales, pero que, 
al hacerlo, guiados por su espíritu eminentemente mercantil, 
á cada instante se interroguen con legítima ansiedad cuál se- 
rá la situación del país cuando falte el Gral. Díaz, recordan- 
do que antes de ese hombre providente aquello era el caos; 
pero sin tener en cuenta, porque su conocimiento no puede 
llegar hasta allá, que el Grral. Díaz ha sabido crear, con el 



11 

progreso del país, una situación firme, la cual es garantía 
segura de estabilidad y permanencia en el porvenir. Tal si- 
tuación consiste, sin duda alguna, primeramente en la calidad 
de hombres que están al frente de los puestos públicos de 
mayor importancia; en el grado de ilustración que ha sabido 
inculcar en las capas sociales superiores merced á la instruc- 
ción pública, sin que por eso pretendamos creer que á ese 
respecto hemos llegado á la cima de la más elevada cultura; 
una red ferroviaria de casi diecisiete mil kilómetros de ex- 
tensión, y otra red telegráfica cinco veces mayor ligando los 
puntos más lejanos del país con el centro, para poder aten- 
der y sofocar oportunamente cualquier intento revoluciona- 
rio antes de que tome creces, lo cual era antes imposible, 
pi*ecisamente por falta de comunicaciones rápidas, siendo ese 
antes ha menos de veinte años; y, en fin, una generación 
nueva, extendida por todo el país amamantada en los bancos 
de la escuela con el amor á nuestros héroes; en el campo con 
el amor á la dorada espiga; en las minas con el amor á los 
áureos filones que pródiga nos entrega nuestra madre tierra; 
en el comercio, con las fabulosas ganancias que rinde la ven- 
ta de artículos nacionales y extranjeros, y en los bancos de 
emisión, con las ganancias, más fabulosas todavía, que rinden 
los billetes y el depósito: esa generación no ha oído más ca- 
ñonazos que los disparados en los espléndidos simulacros de 
batalla que de cuando en cuando tienen verificativo para ce- 
lebrar nuestras glorias, ni ha quemado más cartuchos que los 
empleados raras veces, por fortuna, para liquidar á los tráns- 
fugas de la ley que se han hecho merecedores del último su- 
plicio. 

Esa generación tiene más de un cuarto de siglo, y en 
gran parte ha comenzado á reproducirse ya, con un amor 
acendrado para su tierna prole y con un afán anhelante por 
conservar la paz ! 

He aquí la situación que el Grral. Díaz ha sabido crear 



12 

al amparo de la paz, con el fundamento sólido de una com- 
pilación legislativa en donde se ha incorporado lo mejor 
que se ha podido copiar de las legislaciones extranjeras, más 
adecuado á nuestra incipiencia, y lo mejor que hemos podido 
idear en ausencia de antecedentes que imitar, sin tener en 
cuenta los millones de reserva que hay constantemente en las 
cajas del erario federal; el testamento político del Grral. Díaz, 
pues, á diferencia del de Pedro el Grande, contendrá, como 
primera cláusula, el que sepamos respetar su obra y conser- 
var lo que tenemos adquirido. 



Atenta la breve explicación anterior podremos, tal vez, 
contestar la pregunta, á todas luces ingenua, que formu- 
la Mr. Brady en el artículo que traducimos, concebida en 
estos términos: ¿Podrá Corral continuar la obra de Díaz?, y 
que él mismo se contesta afirmando con sobra de razón que 
el futuro del país depende principalmente de la solución 
acertada acerca de ese problema. 

Sin duda alguna el ¡Señor Corral es nuevo en la po- 
lítica internacional y no de una manera absoluta, porque du- 
rante el tiempo bien largo que estuvo gobernando el Estado 
de Sonora, colindante con los Estados Unidos, se dio á cono- 
cer de un manera muy ventajosa entre gran número de pro- 
minentes norte— americanos que supieron apreciar las cuali- 
dades del Señor Corral como hombre de Gobierno, dándolo á 
estimar entre sus compatriotas y á respetar por los funcio- 
narios americanos. Para no pecar de ligeros aparentando elu- 
dir una dificultad con el empleo de gárrula palabrería, acu- 
diremos á los hechos mencionando de paso algunas de esas 
cualidades. 

Don Ramón Corral es uno de los hombres de más 
alientos para emprender las obras que á otros les parecen 



13 

irrealizables, sin arredrarse porque los medios que tenga en 
su mano sean insignificantes dada la magnitud de la em- 
presa que se propone acometer. Ejemplo: el año 87 cuando 
gobernó por primera vez el Estado de Sonora, su primer 
ahinco lo fincó en proteger decididamente la instrucción pú- 
blica y derramarla por todo el Estado. Tarea sumamente 
sencilla si se tiene en caja el dinero suficiente para pagar 
profesores que poner al frente de las escuelas que se deben 
establecer para lograr tan noble fin, y dinero en abundancia 
con que comprar el material escolar. Pero el presupuesto de 
ingresos del Estado en aquella fecha, apenas alcanzaba á 
$ 300.000 anuales y el tesoro estaba en bancarrota porque 
todos sus fondos se habían agotado en la ya entonces vieja 
campaña contra los yaquis y en la exterminación de los últi- 
mos vestigios de los apaches; los empleados públicos estaban 
atrasados en el pago de sus sueldos en más de seis meses. 
¿Con qué contar, entonces, para la fundación de escuelas, 
cuando solo la adquisición del material necesario para ellas 
importaba una cifra enorme? Ni siquiera se contaba con la 
poderosa ayuda de los Bancos de emisión que ahora pululan 
por toda la República. El Estado, sin crédito, imposible ó 
difícilmente podría encontrarlo fuera de su recinto. El Sr. 
Corral, sin atemorizarse,comenzó por acudir al arbitrio de ob- 
tener préstamos con algunos particulares, garantizándoles de- 
bidamente capital y réditos; para saldarlos con oportunidad, 
comenzó por reorganizar la Hacienda Pública estableciéndo- 
se un sistema nuevo, rápido y económico de recaudación de 
impuestos, abandonando los sistemas rutinarios antiguos, 
costosos y embarazosos. Así el año de 88 pudo fundar en 
Hermosillo, capital del Estado, tres escuelas primarias para 
varones y tres para niñas, y en 1? de Enero de 1889 inaugu- 
rar con una fiesta solemne el actual Colegio de Sonora, dedi- 
cado á la instrucción superior y que ha suministrado el 
cuerpo docente con que ahora se está impartiendo la instruc- 



14 

ción por todo Sonora. Estableció, además, muchas otras es- 
cuelas públicas en poblaciones que solamente las había ha- 
bido particulares. 

A fines de 1891, al terminar su período de Gobierno, 
el Sr. Corral dejó un presupuesto de más de medio mi- 
llón de pesos, del cual se dedicaba entonces, solo al servicie 
de la instrucción pública, muy lejos de cien mil pesos, ade- 
más de las cantidades que también empleaban con el mismo 
fin muchas de las municipalidades del Estado. Detalle asom- 
broso: dejó una considerable existencia de dinero en las 
cajas del Estado, siendo por demás advertir que sus emplea- 
dos estaban pagados al día; el cuerpo de profesores traído 
de otras partes á todo costo, con la remuneración más alta 
que por aquella época se pagara en el país, no solo estaba 
al día, sino con préstamos que se les hacían para traer á sus 
familias de otras partes de la República ó del extranjero. 

Tal vez no sea este en el ánimo de muchas personas 
un ejemplo sorprendente como cualidad en un hombre de Go- 
bierno; pero si se reflexiona por un momento en que el por- 
venir venturoso de nuestra patria en gran parte estriba en la 
difusión de la instrucción pública; si se tiene en cuenta que 
el Sr. Corral ha dedicado á ese simpático ramo todos sus 
esfuerzos, durante los dos períodos que gobernó Sonora; si 
se tiene en cuenta, por otra parte, que no prescinde ni aun 
hoy de seguir empeñando sus afanes en favor de la instruc- 
ción pública, y los poderosos elementos que tendrá á su dis- 
posición para proteger ese ramo cuando llegue á ser el Jefe 
del País, ello solo será prenda segura de nuestra permanen 
cía é individualidad nacional. 

No hay para qué traer á colación en este preámbulo 
las energías invencibles que el Sr. Corral ha manifestado 
siempre como Jefe de Estado para no dejarse dominar por 
círculo ni persona determinada, porque eso mismo se ha visto 
de relieve desde que fué llevado por el Señor Presidente de 



15 

la República para figurar como Gobernador del Distrito Fe- 
deral, primero, y como Ministro de Gobernación después. Es 
un hombre consecuente como amigo; servicial en cualquier 
puesto que desempeñe porque procura siempre satisfacer pron- 
to, lo más que sea posible, dentro de la órbita de sus faculta- 
des, á todo solicitante que se le acerque; pero exigente y 
tenaz, al demandar en todos los ciudadanos el cumplimiento 
de la le)-, que sabe entender de la manera más conveniente 
en cada caso. Si á esto se añade su infatigable laboriosidad 
(quizá no reconoce igual en esta línea), y su empeño constan- 
te en oír toda opinión que se le exponga con el deseo de 
aceptar la mejor, pues nunca se casa sin divorciarse con sus 
propias opiniones, las cuales abandona en el acto cuando vé 
que hay otras preferibles, se tendrá una idea aproximada de 
las relevantes virtudes que adornan al Sr. Corral y lo hacen 
á propósito para el puesto de Vice-presidente de la Repúbli- 
ca. Basta decir en su abono, que el Sr. Gral. Díaz, conoce- 
dor ejemplar de los hombres, ha visto en él á la persona ade- 
cuada para el puesto. Creemos ahora que los lectores que se 
dignen pasar sus ojos por este artículo podrán estar en apti- 
tud de contestar afirmativamente la cuestión que se plantea 
Mr. Brady, preguntándose si Corral podrá continuar la obra 
de Díaz. 



El empuje de un país en todas líneas y su poder de 
resistencia para afrontar con éxito una invasión que salve 
su integridad, no depende, como en otros tiempos, según lo 
estamos viendo, del heroico valor de sus nacionales sino 
de la mayor fuerza militar que sepa vencer materialmente 
al invasor. Un ejemplo, doloroso por cierto, nos lo suminis- 
tran las dos Repúblicas Sud- Africanas en donde se dieron 
ejemplos inauditos de patriotismo y de valor. Se demostró 



16 

una decisión resuelta por salvar la Independencia, que hizo 
temblar el poderío inglés y concebir la creencia en el mundo 
entero por algunos días, de que se hallaba en inminente ries- 
go de acabar para siempre el predominio británico en el 
África del Sur. 

Por desgracia ya sabemos cuál fué el triste desenla- 
ce de esa epopeya heroica. 

Por desgracia, igualmente, la fuerza militar se adquie- 
re, ya lo había dicho Napoleón, solo con dinero. 

¿ Llegaremos los mexicanos alguna vez á constituirnos 
en potencia militar de primer orden que nos ponga alabri- 
go de la desaparición del Continente por obra de la absor- 
ción norte-americana? ¿Necesitamos forzosamente los me- 
xicanos á todo trance y cuanto antes, como si se tratara de 
evitar un peligro amenazador, constituirnos en potencia mi- 
litar de primer orden, con el solo fin de no temer la conquis- 
ta de los Estados Unidos? 

He aquí dos cuestiones del orden meramente socioló- 
gico que sería insensatez pretender contestar desde luego en 
uno ó en otro sentido, pero para lo que sí pueden suminis- 
trarse datos á los que pretendan dedicarse al estudio de pro- 
funda sociología, con los cuales formar los elementos apro- 
piados para una solución tan acertada como sea posible. 

Para ello nos precisa acudir á ejemplos tomados de la 
historia de nuestro propio país. 

Las dos invasiones extranjeras que por desgracia ha su- 
frido nuestra patria las han traído, en síntesis, los mismos 
mexicanos. 

La primera invasión americana de 47 fué motivada en 
gran parte por la idea errónea que los mexicanos de en- 
tonces teníamos de nosotros mismos, suponiéndonos muy su- 
periores, especialmente como soldados, dado nuestro espíritu 
belicoso, á los norte-americanos; es decir, no solamente no 
conocíamos á los americanos de aquella época, pero ni í-iquie 
ra nos conocíamos en nuestro propio país. 



17 

Nuestra segunda guerra internacional ocasionada por 
la invasión francesa de 62 ¿quién se atreverá á negar que 
también fué traída por los mismos mexicanos? 

Si, pues, confesar debemos que tanto de nuestras gue- 
rras intestinas como de nuestras luchas extranjeras nos- 
otros somos directa ó indirectamente los culpables, ya por 
falta de experiencia, ya por falta de juicio, hay que preveer 
que, si en lo sucesivo seguimos dando las pruebas de cordura 
hasta hoy manifestadas desde que nos hallamos bajo el pode- 
río indomable de un gobernante que ha extinguido con su 
mano de acero nuestros fermentos belicosos, encaminándonos 
por la vía del trabajo, hay que preveer, digo, que ya no da- 
remos margen á nuevas reclamaciones internacionales que 
nos pongan en el compromiso de salvar á mano armada 
nuestra nacionalidad. 

Seamos más claros: si en lo futuro sabemos seguir res- 
petando á los extranjeros sin distinción de clases, como has- 
ta ahora se ha hecho en cumplimiento de leyes expresas, se- 
rá muy remoto el caso de que se presente una complica- 
ción por este motivo con potencias extranjeras. Podría ob- 
jetarse que dominando en los Estados Unidos el partido im- 
perialista que hoy se encuentra en el poder, el que á todo 
trance pretende la adquisición de nuevo territorio, fácil se- 
ría á los hombres de ese partido encontrar un pretexto más ó 
menos plausible con el que apoyar una intervención en Mé- 
xico. Sin pretender por de pronto negar la posibilidad de tal 
emergencia, que por ahora solo sería admisible en la esfera de 
las más lejanas suposiciones, nos atrevemos á contestar des- 
de luego que el actual partido imperialista norte-americano 
al buscar ensanche territorial como lo ha hecho últimamente, 
se ha visto impelido por el formidable interés de la propia 
conservación, pues en el fondo de los pretextos humanitarios 
(solo aparentes) que proclamaron en los Estados Unidos los 
políticos de 98 para declarar la guerra á España, estudiando 



18 

bien y concienzudamente esa cuestión trascendental, veremos 
claro que los Estados Unidos lo hicieron porque necesitaban 
para su marina (centinela avanzado de sus intereses indus- 
triales) puntos de apoyo estratégicos en el mundo entero pa- 
ra hacerse respetar y poder conservar la hegemonia mercan- 
til á que aspiran, en el remoto, pero no imposible evento, de 
que se vieran, si no atacados, al menos amenazados por Eu- 
ropa coaligada; ataques que se han venido bosquejando desde 
que la inoportuna Santa Alianza lanzó al Nuevo Mundo, urbi 
et orbi, aquel reto audaz que de una manera tan eficaz fué 
contestado incontinenti con la doctrina Monroe. El interés 
de propia conservación se manifiiesta en todos casos, como 
se ha manifestado en el especial de los Estados Unidos que 
estamos tratando, por temor; ese temor lo exteriorizan las 
naciones por medio de medidas preventivas: ¿tienen los Esta- 
dos Unidos algo que temer en el presente ó en lo venidero de 
parte de México? indudablemente que no; y sería una in- 
concebible aberración el suponer por un momento lo contra- 
rio. 

No estamos, ni estaremos probablemente nunca, salvo 
contingencias imprevistas, en el mismo grado de cultura ni 
en el mismo grado de riqueza que se encuentran ahora ellos, 
y, por ende, ni en el mismo grado de fuerza, siendo muy ló- 
gico suponer que si nosotros progresamos rápidamente, ellos 
no se quedarán atrás. 

Por lo demás: ¿obsérvase, acaso, en nuestra conducta 
nacional, algunas medidas ó pasos que tiendan á sobrepujar 
ó igualar siquiera la fuerza ahora incontrastable de los Es- 
tados Unidos? Puedo afirmar, sin temor de incurrir en equi- 
vocación, que no habrá quien asevere semejante cosa. Y es- 
to, ¿que revela?; no faltará quien se atreva á suponer que 
nuestros actuales hombres de Estado, culpables de imprevi- 
sión, no se encaminan á precavernos de una segunda inter- 
vención norte-americana, subyugados por la idea de lo im- 



19 

posible de evitarla acudiendo á los medios de militarizar la 
Nación Mexicana; pero se engañarían medio á medio los que 
tal supusieran. No es la inercia ni el espíritu de fatalismo 
lo que detiene la acción violenta, á ese respecto, de nuestro 
primer político; no es tampoco, indudablemente, que con- 
fíe de una manera ciega en la buena fó de los gobiernos nor- 
te-americanos con la ilusión de que jamás se atreverán á co- 
meter un atentado. Es que el Grral. Díaz tiene seguridad per- 
fecta en su propia fuerza, para reprimir en cualquier instan- 
te, y en el primer momento, la menor manifestación que se 
hiciera en el país en contra de extranjeros, que hoy por hoy 
serían las únicas causas originales de conflictos graves, co- 
mo algunas veces llegó á suceder en épocas que por dicha 
nuestra han pasado para siempre; es que nuestro primer 
hombre de Estado tiene la conciencia plena de que nues- 
tra patria no tiene intereses encontrados con los Estados 
Unidos, y que, en muchos sentidos, nuestros intereses co- 
rren parejos con los de ellos; es que, y en esto sí confía, sabe 
á la perfección, que por encima de todos los intereses de las 
naciones está él muy superior, que radica esencialmente en 
conservar la paz, lo cual procuran todas sacrificando muchas 
veces algo del propio orgullo nacional, porque la guerra es 
una calamidad solo justificada para vengar las grandes inju- 
rias y las enormes afrentas, cuando no está dictada por inte- 
reses económicos. 

Corriendo nuestros intereses juntos con los de los Esta- 
dos Unidos, es tan remoto que se llegue á ver el caso de una 
contrariedad seria con ellos, revistiendo el carácter de una 
complicación que nos orille á extremo caso, y, por otra par- 
te, estando nosotros seguros, como lo estamos hasta la evi- 
dencia, de que en nuestro estado de civilización actual que 
forzosamente se acrecentará con el tiempo, jamás daremos 
lugar por causa de nuestros hombres, ni por causa de nues- 
tras leyes, á un motivo de queja que venga de los Estados 



20 

Unidos, ya podremos resolver definitivamente que no tene- 
mos por qué temer, al menos por ahora, una segunda inva- 
sión americana. Es de todo punto consolador, puesto que 
ello justifica los razonamientos anteriores, el observar que 
mientras otras naciones que son potencias militares de pri- 
mer orden, allende el Atlántico, tienen fija constantemente 
la atención en su diplomacia con la Casa Blanca procurando 
á porfía congraciarse con ella, representando á veces panto- 
mimas indignas de naciones poderosas, nuestro Gobierno si- 
gue de frente su camino sin preocuparse poco ni mucho de 
esas farsas, que son dictadas por el propósito de atenuar las 
fricciones ocasionadas precisamente por el encuentro ú oposi- 
ción de intereses económicos. 



Resumiendo: la juventud mexicana, que con la madurez 
de su juicio ejerce benéfica influencia sobre las capas socia- 
les inferiores, se halla empapada en la firme creencia, ins- 
pirada en la más sana filosofín, que los pueblos como los in- 
dividuos son los únicos responsables de sus propios actos y 
gozan de los beneficios correspondientes, en debida propor- 
ción á sus méritos y aptitudes; esa juventud mexicana ha 
sabido hasta ahora normar sus procedimientos en consonan- 
cia con eses creencias, sin aspirar á otras conquistas que las 
del dominio y conocimiento completo de sí misma para sa- 
ber el monto de energías que es capaz de erogar en el traba- 
jo honrado, ayudando indirectamente á la Patria en su loable 
empeño por hacerse un lugar respetable en el mundo moder- 
no. Todos los esfuerzos del país tienden ahora á la consecu- 
ción de ese ideal. 

En consecuencia: contando el sucesor del Grral. Díaz, sea 
quien fuere, y mucho más si es un hombre de esfuerzos pro- 
porcionados á ese puesto, como lo es el Sr. Corral, con la 
cooperación activa de sus compatriotas, México ningunos 



21 

peligros deberá temer que vengan, ni de adentro ni de 
afuera. 

Pero si á pesar de la lealtad con que nuestra patria se 
ha dedicado á trabajar en las luchas por el progreso, como 
infame recompensa nos viniera una injustificada guerra ex- 
tranjera, para ese angustiado caso tendríamos muy bien pre- 
sente que "Las Naciones perecían cuando el pensamiento 
" social era el misterio del sacerdote, el secreto del monarca, 
" el monopolio de la nobleza; pero que ahora la verdad, la 
" justicia, la palabra de salvación, desciende de preferencia 
" á los talleres y á las chozas." 

México, Agosto 14 de 1904. 

Manuel 5^. Uruchurtu. 



COMENTARIOS DE ACTUALIDAD. 



i. 

Hace más de cuatro años apareció en el "Rewiew of 
Rewiews" de Nueva York, el artículo que encabeza el pre- 
sente folleto. Simultáneamente, casi, un amigo residente en 
Barcelona me pidió un artículo relativo al Sr. Don Ramón 
Corral, para ser publicado en la "Ilustración Artística" de 
aquella ciudad, y con ese motivo escribí el que hoy publico, 
después de haberse editado en hoja separada de aquél sema- 
nario ilustrado. 

He creído oportuno dar otra vez á la estampa los dos ar- 
tículos, porque la "Ilustración Artística" tiene un público 
selecto pero bastante reducido en el país, y deseo hacerlo lle- 
gar al conocimiento de los publicistas de nuevo cuño que, 
por desgracia, pululan por allí, como parte de la documenta- 
ción que ofrezco sobre el asunto, la que debiera haberse te- 
nido en cuenta por quienes no aguantan el ansia de llamar 
la atención con panfletos sensacionales sin contar con el buen 
juicio de buscar informes sanos antes de dar á luz el produc- 
to de sus desorientadas cerebraciones. 

Repito que va el presente folleto como parte de la docu- 
mentación que ofrezco, pues tengo en preparación un estu- 
dio comparativo consagrado al análisis de las condiciones po- 
líticas porque atraviesa nuestra patria, las cuales conceptúo 
no solo avanzadas con relación á nuestro propio medio, sino 



23 

aun envidiables respecto ele otros países de indiscutible prospe- 
ridad, y que se han visto, antes de llegar á su estado actual, 
algunos en semejantes y otros en desesperadas condiciones. 

Prométome llevar al ánimo de mis lectores la persuación 
completa de que todo lo pasado en los últimos tiempos en 
México, no es el resultado de una situación excepcional sitio 
perfectamente natural, ni mucho menos el producto exclusi- 
vo y arbitrario de una sola persona que ha impuesto su go- 
bierno "sobre la base de las bayonetas primero, y más tarde so- 
bre la de una voluntad popular pasiva" l como pretenden ha- 
cer creer los sabios sueltos que tanto están perjudicando con 
sus seudo-sociológicos estudios. 

Por ahora seré creído bajo mi palabra, á reserva de serlo 
cuando traiga ejemplos irrefutables tomados no solo del ex- 
terior, sino de este país; entonces se verá que las etapas su- 
cesivas que hemos venido recorriendo, en ninguna manera 

(1) Hacia donde vamos, pág. 129, por Querido Moheno. — Considerar el 
Gobierno del Oral. Díaz impuesto por la fuerza, ó lo que es igual, contrariando 
la voluntad popular, es asentar la mentira más grande que se haya puesto ja- 
más en letras de molde. Si hemos de guiarnos por la regla de raciocinio que 
nos aconseja juzgar los acontecimientos y los hombres no tan solo por sus auto- 
res y amigos, respectivamente, sino también por las opiniones contrarias, nada 
nos dará mejor idea respecto de la popularidad inmensa con que contó en su 
favor el plan de Tuxtepec, que el libro escrito — "La cuestión presidencial en 
1876" — por el Sr. Don José María Iglesias en ese año ó el siguiente y publicado 
después de su muerte. Ese hombre incorruptible al dar cuenta á la Nación (tal 
fué su objeto) del motivo porque abandonaba la causa que había sostenido, ex- 
plicó con sinceridad y clarividencia incomparables, que sintió el vacío en rede- 
dor suyo. Ningún autor ha escrito sobre esos acontecimientos con mas verdad, 
y ella misma nos revela evidentemente que hasta las piedras, por decirlo así, 
se revelaban en aquel tiempo para seguir el movimiento general encauzado tras 
el plan de Tuxtepec reformado en Palo Blanco. Y no ha tenido el Señor Presi- 
dente actual, quizá en toda su vida, un opositor más tenaz y más constante que 
el Sr. Iglesias. 

De lo dicho puede inferirse lógicamente que el gobierno del G-ral. Díaz se 
impuso! con el formidable apoyo de la voluntad popular activa, primero, y 
después con la anuencia tácita, pero no por eso menos manifiesta, de sus par- 
tidarios y del pueblo, así como de todos los que en otro tiempo fueron sus ene- 
migos más acérrimos. Negar esta verdad, es más que negar lo evidente. 



24 

pueden mirarse como anomalías propias de nuestra historia 
que contradicen precedentes conocidos, sino, más bien, como 
confirmación perentoria de verdades inconmovibles, entre 
otras, la de que jamás la naturaleza, en ninguno de sus órde- 
nes (mucho menos en el social) procede por saltos. A tanto 
equivale indudablemente reclamar para el pueblo mexicano 
de 1855, por ejemplo, el ejercicio del sufragio en la forma em- 
pleada en otros pueblos que han llegado á gozar de esa mani- 
festación del derecho político, después de hallarse en situacio- 
nes similares y aun peores de las que nosotros hemos sufrido; 
á tanto equivale, también, el pretender insensatamente que 
hoy surjan, como por ensalmo, al conjuro misterioso del Jefe 
de la Nación, los partidos políticos, 4 sin que estén justi- 

(!) 33-34 y 146, mismo folleto. 

Página 100, párf.' IV. — Las instituciones políticas y sociales de "Psicología 
de las multitudes," porLeBon. — La idea de que las instituciones puedan reme- 
diar los defectos' sociales; que el progreso de los pueblos es consecuencia del 
perfeccionamiento de las instituciones y de los Gobiernos; y que los cambios 
sociales puedan realizarse solo mediante una gran actividad legislativa, es idea 
muy extendida aún. La Revolución Francesa tuvo por punto de partida tal 
concepto, y las teorías sociales de actualidad lo toman por punto de apoyo. 

Diversas y continuas experiencias no han consiguido aun quebrantar seria- 
mente esta terrible quimera. En vano es que filósofos é historiadores hayan 
intentado probar lo absurdo de ella, demostrando que las instituciones son hijas 
de las ideas, los sentimientos y las costumbres, y que no se construyen nuevas 
ideas, sentimientos y costumbres con la redacción de los Códigos. 

Un pueblo no puede elegir sus instituciones á capricho, como no puede el 
individuo elegir el color de sus ojos ó de sus cabellos. Las instituciones y los 
gobiernos son productos de laiaza: no son creadoras de una época sino las 
creaciones de ella. Los pueblos no son gobernados como lo querrían sus capri- 
chos de momento, sino como lo exige su carácter. Es preciso el transcurso de 
siglos para formar un régimen político y siglos también para cambiarlo. Las 
instituciones no tienen ninguna virtud intrínseca; no son ni buenas ni malas 
por sí mismas. Las que son buenas en un momento dado para un cierto pueblo, 
pueden ser detestables para otro. 

Así es que no está en el poder de un pueblo cambiar realmente sus institu- 
ciones. Puede, eso sí, á costa de revoluciones violentas, cambiar el nombre de 
estas instituciones,pero el fondo de ellas no se modifica. Los nombres no son más 
que varias etiquetas de que el historiador, que va al fondo de las cosas, debe 



25 
ficados por las tendencias diferentes 6 los opuestos intereses 
que les den ser. 

II. 

El sufragio solo es una de las formas del ejercicio de los 
derechos políticos, ciertamente bastante adelantada. Pero de 
la aceptación de esa verdad no se debe concluir de un modo 
forzoso, que sea empleado con éxito entero en los pueblos 
que van á la cabeza de la civilización; ni que aquellos donde 

preocuparse poco. Puede citarse como ejemplo (1) el de Inglaterra, que siendo el 
país más democrático del mundo, vive, sin embargo, bajo un régimen rnonárqui 
co, mientras que países como los hispano americanos, á pesar de las institu- 
ciones republicanas que los rigen, n-piesentan y hacen sufrir el más pesado des- 
potismo. No son los gobiernos sino el carácter de los pueblos, quien guía sus 
destinos. Este es un punto de vista que he intentado establecer en mi prece- 
dente volumen, apoyándome sobre ejemplos categóricos. 

Es, pues, tarea, excesivamente pueril, inútil ejercicio de retórico ignorante, per- 
der el tiempo en establecer constituciones de todo género. La necesidad y el tiempo 
te encargan de elaborarlas; procederemos sabiamente dejando que obren estos dos 
factores. Así han procedido los anglo-sajones, y esto nos aconseja su gran his- 
toriador Macaulay en un pasaje que deberían aprender y saber losp olíticos de to- 
dos los países latinos. Después de haber demostrado todo el bien que han propor- 
cionado al pueblo inglés sus leyes que, desde el punto de vista de la razón pura, 
narecen un caos de absurdos y contradicciones, compara las numerosas constitu- 
ciones, muertas en las convulsiones de los pueblos latinos de Europa y Améri- 
ca, con la constitución inglesa, haciendo ver que esta no ha cambiado, sino 
muy lentamente, por partes y bajo Ja influenciadenecesidades inmediatas y nun- 
ca á virtud de razonamientos especulativos: "No preocuparse déla simetría 
y preocuparse mucho déla utilidad — dice — ; no suprimir nunca una anomalía 
únicamente por el hecho de serlo; no innovar sino cuando se hace notar algún 
defecto, y aun entonce-i innovar solamente lo estrictamente necesario para rec- 
tificarlo; no establecer jamás un precepto más amplio que el caso particular á 
que se trate de poner remedio; tales son las reglas que, desde Juan sin Tierra 
hasta los tiempos de la Keina Victoria, han guiado generalmente las delibera- 
ciones de nuestros doscientos cincuenta parlamentos." 

Sería preciso analizar una por una las leyes y las instituciones de cada pue- 

(1) Esto lo reconocen, aún en los Estados Unidos, los republicanos mas avanzados. El 
diario americano ■ Torum" expresaba recientemente esta opinión categórica en los términos 
que la reproduzco á continuación, t amada de la "Eewiew of Eewiews," de Diciembre de 1894: 

"No se debe olvidar nunca, aun por los más fervientes enemigos de la aristocracia, que 
Inglaterra es hoy el país más democrático del Universo, aquel en que los derechos del hombre 
son más respetados y en el que los individuos gozan de mayor libertad.'' 

4 



26 

se haya establecido, sean de los más avanzados en sus insti- 
tuciones políticas ó en su prosperidad pública ó privada; ni, 
en fin, que cuando no existe el sufragio; se deba reconocer un 
espíritu público muerto, ó inculto, ó degenerado con un re- 
tardo correlativo en el progreso. 

Como ejemplo irrebatible de lo primero, podría aducirse 
desde luego el escándalo de hace dos años en las elecciones 

blo, para demostrar hasta qué punto son siempre expresión de las necesidades 
de su raza, y cómo, por esta razón, no pueden ser violentamente transformadas. 
Se puede, por ejemplo, discutir filosóficamente sobre las ventajas é inconvenientes de 
la centralización; pero cuando contemplamos un pueblo compuesto de razas diversas 
consagrar mil años de esfuerzo para llegar progresivamente áesta centralización; 
cuando comprobamos que, después de una gran revolución consagrada á romper con 
las instituciones todas del pasado, hase visto obligada á respetar dicha centraliza- 
ción, exagerándola aún, afirmamos desde luego, que es hija de necesidades impe- 
riosas, que es una condición de su existencia, lamentando el débil alcance mental 
de los hombres políticos que hablan de destruirla. Si la casualidad les hiciera ven- 
cer, la hora del triunfo, sería bien pronto señal de una terrible guerra civil que, por 
otra parte, Conduciría inmediatamente á una nueva centralización más pesada que 
la antigua. (1) 

De lo expuesto precedentemente, deducimos que no es en las instituciones 
donde es preciso investigar para obrar profundamente sobre el alma de las mu- 
chedumbres: y cuando vemos ciertos países como los Estados Unidos, llegar al 
grado más alto de prosperidad con instituciones democráticas, y vemos otros 
países como las repúblicas hispano-americanas vivir en la más triste anarquía 
k pesar de instituciones absolutamente semejantes, afirmamos que tales insti- 
tuciones son tan extrañas á la grandeza de los unos, como á la decadencia de los 
otros. Los pueblos son gobernados por su carácter y todas las instituciones que no 
estén íntimamente moldeadas por su carácter no representan sino un ropaje casual, 
un disfraz transitorio. 

Ciertamente se han emprendido guerras sangrientas, revoluciones violentas 
para imponer instituciones á las que se atribuía, como santas reliquias, el po- 
der sobrenatural de crear la felicidad. En este sentido podría decirse que las 
instituciones actúan sobre el alma de las muchedumbres engendrando seme- 
jantes agitaciones. Pero en realidad no son las instituciones las que actúan en 
este caso, puesto que, sabemos que tri ufantes ó vencidos, intrínsecamente no 
poseen por sí mismas virtud alguna para ello. Lo que actúa sobre las muche- 
dumbres son las ilusiones y las palabras. Las palabras especialmente; esas pa- 
labras quiméricas y poderosas cuyo asombroso imperio desmostraremos des- 
pués. 
(1) La inversa es igualmente cierta. 



27 

para Alcalde de Nueva York, y que fué conocido en todo el 
mundo, no porque se hubiera dado por primera vez, sino por- 
que alcanzó proporciones colosales y porque se consideraba 
perjudicado con el resultado de ellas, uno de los más influ- 
yentes directores de la opinión pública en Nueva York y que 
dispone del medio, poderoso de allí, de acreditados periódicos 
en Nueva York y San Francisco California. 1 

Como ejemplo palmario de lo segundo puede presentarse 
el de varios países en donde el sufragio es ya un medio nor- 
malizado para la designación de los funcionarios directores 
de la cosa pública, como España, y á la que nadie podrá 
considerar nación de las más avanzadas en instituciones po- 
líticas, ni envidiable la prosperidad pública y privada de que 
goza. 

Por último, como ejemplo de lo tercero, se podrían aducir 
las diferentes situaciones en que la innovadora Francia se 
ha encontrado desde hace más de un siglo á la fecha, caren- 
te del sufragio, no obstante que sus impulsos movían al mun- 
do entero, informando la opinión completa en el interior. 
Recuérdese que uno de los alicientes tentadores con que se 
prometió al pueblo francés una nueva era para el restableci- 
miento del segundo imperio fué precisamente el ofrecimiento 
del sufragio universal, y en la forma más simple conocida 
desde la antigüedad, es decir, la plebiscitaria; pudiendo afir- 
marse que, en gran parte, ese fué el cebo que mordió el pue- 
blo francés para caer de lleno en brazos de Napoleón III. 

Por lo demás, independientemente de que las institucio- 
nes políticas ni son buenas, ni son malas, por sí mismas, ¿de 

(L) W. H. Hearts. "Journal," "Chronicle" y otros. 

"El peor peligro está en que nos hemos acostumbrado á los fraudes electo- 
rales." — La República Industrial, Cap. VI, por Upton Sinclair. — "Si os imagi- 
náis por ejemplo, que en este país vosotros escogies vuestros propios ma- 
gistrados electivos, estáis en un error; se os envía á las urnas electorales 
únicamente á escoger entre dos candidatos, ambos designados previamente por 
vuestros dueños, quienes están seguros de aquellos." — La misma obra. 



28 

cuándo acá una innovación legislativa ha dado como produc- 
to inmediato y violento, seguridades absolutas para el porve- 
nir? ¿Acaso la creación legislativa de partidos que no res- 
pondieran á las necesidades manifiestas de la Nación, nos 
daría mayores seguridades que el restablecimiento de la Vice- 
presidencia de la República 1 ? 

Cualquiera versado medianamente en la historia de 
nuestro país respondería de plano, que la creación de partidos 
sería más peligrosa como medida salvadora, que la institu- 
ción previsora de un órgano gubernamental creado para pre- 
venir emergencias de cualquier orden. Entiéndase, con ésto, 
que nos referimos á la creación artificial de partidos, y no á 
la formación espontánea de partidos políticos, los cuales, 
cuando en realidad se forman por causas sociales, entre ellas 
los intereses económicos, religiosos, étnicos, tradicionales y 
otros semejantes, entonces sí acusan un adelanto evidente 
y son muy capaces de hacer beneficios al Estado, sobre todo, 
si por encima de los anteriores se pone el nobilísimo interés 
del bien pro-comunal, es decir, si hay patriotismo. 

Pero es tan común, sobre todo en las naturalezas vulga- 
res, confundir la causa con el efecto y el medio con el fin, 
que se ha dado en la manía, no solo en los últimos tiempos, 
sino siempre, de creer que los partidos y con ellos los derechos 
políticos constituyen por sí mismos el progreso nacional. 
Mentira tan evidente que ha merecido la impugnación razo- 
nada y decisiva de grandes pensadores. 

En tesis general puede afirmarse que los ¡derechos políti- 
cos no existen, y en comprobación de ello solo bastaría para 
convencerse leer la obra de Spencer sobre "La Justicia. 7 " 

(1) Pái'rafonúm. 97 de "La Justicia."— Los derechos llamados políticos.— Cons- 
tantemente vemos á los hombres preocuparse con lo que está próximo y abando- 
nar lo que está lejano. Por lo común, se atribuye la potencia de una locomotora á 
la acción del vapor siendo, así que el vapor no sirve más que de intermediario sin 
tener poder alguno inicial; el iniciador es el calor del hogar. No se comprende que 
Ja máquina de vapor, es en realidad una máquina de calor, que no difiere de otras 



29 



III. 

De todo lo dicho podrá inferirse, por lo menos, que por 
lo antigua está ya hasta olvidada la cuestión relativa á la in- 
fluencia de las instituciones artificiales en el progreso políti- 
co del Estado, tocante á seguridades internas y externas del 
mismo. 

máquinas movidas por el calor, como los aparatos de gas, sino por el mecanis- 
mo de que se vale para transformar la moción molecular en moción de masas. 
Esta limitación de conocimiento á las relaciones directas; y esta ignorancia 
á las relaciones indirectas, vician de ordinario los razonamientos concernientes 
álos asuntos sociales. Edifica cualquiera una casa, traza una calle, rotura un 

campo La impresión primera es que proporciona trabajo; la idea misma del 

trabajo rechaza á la de la subsistencia que procura, y así el trabajo acaba por 
ser considerado en sí, como una ventaja ó beneficio. Y por este camino, se ima- 
gina que el aumento de los objetos ó medios para atender á las necesidades hu- 
manas no constituye un bien, sino que este bien lo constituye el gasto de tra- 
bajo que se procura. De allí tantos errores como corren acreditados como verda- 
des; el vulgo repite que un incendio destructor mueve el comercio y que 
las máquinas perjudican á las clases populares. Evitaríanse errores tales refi- 
riéndose á la cosa última, el producto, en lugar de mirar solo á la próxima, el 
trabajo El espíritu humano asocia la idea de valor á las monedas; cuyo cam- 
bio proporciona los objetos deseados, pero prescinde de los objetos que con ellas 
se compran, y, sin embargo, esos objetos son los que tienen realmente el valor, 
porque solo ellos sirven para satisfacer nuestros deseos. La experiencia diaria 
de su poder adquisitivo asocia de tal modo la idea de valor á las promesas do 
pago que por sí mismas no tienen ninguno, que la opinión idenlifica su abun- 
dancia con la riqueza. Se imagina que basta emitir billetes de Banco con pro- 
fusión para asegurar la prosperidad nacional. Todos esos errores se evitarían si 
el razonamiento se formulase en los términos de artículos de productos en lu- 
gar de formularse con símbolos de su valor. La educación de la juventud nos 
ofrece un nuevo ejemplo de esta usurpación de lo que está próximo y de esta 
expulsión de lo que está lejano; de este olvido de los fines y de esta preocupa- 
ción absorbente de los medios que los procuran. Perdida la ciencia de los anti- 
guos, hubo un tiempo en que el conocimiento de las lenguas griega y latina, 
lenguas en las que esta ciencia se había expresado, fué el único medio de ad- 
quirirla, el conocimiento de esas lenguas no era entonces más que un instru- 
mento. Sin embargo, hoy que esta ciencia antigua es desde hace ya tiempo 
accesible en nuestra lengua, que hemos acumulado una masa de conocimientos 
mucho más imponentes, se persiste todavía en enseñar el griego y el latín; en 
la práctica se considera esta enseñanza como fin en sí, olvidando el fin á que 



30 

Las instituciones políticas más avanzarlas del mundo en 
nada pueden influir sobre la prosperidad de un país y las se- 
guridades que tenga para sostenerse contra peligros exteriores, 
si no cuenta con otros elementos concomitantes. 

Si, verbi gratia, pusiéramos on Abisinia un gobierno par- 



en el origen respondiera. Los jóvenes familiarizados regularmente con esas 
lenguas antiguas, pasan por instruidos aunque ignoran los conocimientos que 
ellas encierran, y aunque ignoren en absoluto el inmenso conjunto de conoci- 
mientos mucho más importantes debidos á tantos siglos de investigaciones. 

Párrafo 98. —Esta observación general, apoyada en tan numerosos ejemplos, 
nos abre el camino que ahora queremos seguir. Semejante confusión de fines 
y medios y la persecución de los unos á costa de los otros, vicia profunda- 
mente la opinión pública dominante y engendra los errores tan corrientes á 
propósito <te los derechos políticos. 

En realidad, hablando propiamente, no hay más derechos que los que he- 
mos enunciado. No siendo los derechos, según hemos visto, más que las partes 
respectivas y distintas de la libertad general de perseguir los objetos de la vida 
individual, sin que los hombres puedan ser sometidos á otra limitación que 
aquella que resulte de la presencia de los demás hombres que persiguen los 
mismos objetos por las mismas vías, lógicamente se desprende que un hombre 
está en posesión de sus derechos desde el momento en que su libertad no está 
limitada por ninguna otra restricción. ¡Si nadie viene á mortificarle en su inte- 
gridad física, si no se pone obstáculo alguno á sus movimientos, si goza en ple- 
na propiedad de todo lo que ha ganado ó adquirido, si puede trabajar á su 
placer, concluir un contrato, realizar un cambio, formar y mantener pública- 
mente una opinión, nada le queda en rigor que reclamar en punto á libertades 
verdaderas. ¡Sus reivindicaciones ulteriores pertenecen á una categoría dife- 
rente y no constituyen derechos propiamente dichos. Hemos reconocido en 
diferentes sitios y por métodos diversos, que los derechos propiamente dichos 
tienen por origen las leyes de la vida en el estado de la sociedad. Los regla- 
mentos sociales pueden reconocerlos en toda su extensión, ó ignorarlos en más ó 
en menos; no los crean, solo pueden conformarse ó no con ellos. Los engranajes 
del mecanismo social que constituyen lo que llamamos gobierno, son, en una 
medida variable, los instrumentos para el sostenimiento de esos derechos, pero 
sea cual fuere el cambio que experimenten, son solo instrumentos, y cuando 
decimos que se conforman con el derecho, debemos entender que no hay tal 
conformidad, sino en cuanto son adecuados para defender los derechos, propia- 
mente dichos, con eficacia. Sin embargo de esta tendencia del espíritu á no 
preocuparse más que de los medios y á excluir los fines, resulta que la opinión 
ha llegado á considerar como derechos los medios gubernamentales destinados 
á mantenerlos, concediéndoles además un puesto preeminente. En las naciones 



31 

lamentarlo á la usanza británica con todo su cortejo de li- 
bertades, en nada influiría para modificar las condiciones 
porque atraviesa aquella fracción del globo. .En cambio, el 
mismo país no ha necesitado de un parlamento británico pa- 
ra desbaratar las legiones de Baratieri con pasmosa facíli- 

más avanzadas, los ciudadanos han llegado á poseer parte del poder político, 
habiendo demostrado la experiencia que esta posesión ofrece garantías para la 
defensa de la vida, de la libertad y de la propiedad. Sin embargo, no existe 
ninguna afinidad entre unos y otros. La emisión de un voto no contribuye en 
sí á la realización de la vida del elector, como el ejercicio de las diferentes li- 
bertades que hemos llamado propiamente derechos. Todo lo que pueda afir- 
marse, es que la concesión de la franquicia electoral á todo ciudadano, da á los 
ciudadanos en general el poder de reprimir los atentados dirigidos contra sus 
derechos, poder de que pueden hacer un uso bueno ó malo. 

La confusión entre el fin y los medios era en el caso presente poco me- 
nos que inevitable. La observación de los contrastes que presentan los estados 
de las diferentes naciones, y los sucesivos de una misma ha impreso fuerte- 
mente en el espíritu de los hombres la convicción de que cuando el poder gu- 
bernamental está en manos de uno solo ó de una oligarquía, estos usaián de 
aquel en provecho propio y en perjuicio de la masa. Se teme que los ciudada- 
nos que no tienen ese poder queden sometidos á restricciones y á cargas des- 
proporcionadas, y privados de la propia libertad que la equidad reclama, y que 
no tiene otro límite que la libertad análoga de todos. Habiendo enseñado la 
experiencia que una más amplia distribución del poder político entraña una 
diminución de las violaciones, se ha identificado el mantenimiento de una for- 
ma popular de gobierno con el respeto á los derechos; el poder de emitir el vo- 
to, instrumento de defensa de los derechos, ha acabado por ser considerado 
como un derecho, y la opinión general lo confunde con los derechos propia- 
mente dichos, 

Lo que decimos es admisible, además, porque los derechos propiamente di- 
chos se ven con frecuencia pisoteados y desconocidos allí donde todos poseen 
los llamados derechos políticos. En Francia, el despotismo burocrático es tan 
grande bajo la república como bajo el imperio. Las exacciones y las vejacio- 
nes son tantas »n número y tan perentorios; un delegado de los ''Trade- 
Unions" ingleses en el Congreso de París declaraba que los atentados dirigidos 
en Francia á las libertades llegaban hasta un punto tal que "constituían una 
mancha y una anomalía en una Nación Republicana." Lo mismo ocurre con los 
Estados Unidos. El sufragio universal no previene la corrupción de ¡as muni- 
cipalidades, que imponen tazas locales elevadas y haeen poco bueno; no impi- 
de el desenvolvimiento de oiganizaciones que forzan á cada elector á abdi- 
car en manos de los muñidores electorales, ni evitan la reglamentación de la 



32 

dad. Lo cual revela, generalizando el ejemplo, que la salva- 
ción de los peligros, sean interiores ó exteriores, debe espe- 
rarse más del carácter de la raza relacionada con la magnitud 
del peligro, que de las instituciones. 

En México se ha procedido, justo es decirlo, con un es- 



vida privada de los ciudadanos, á quienes se prescribe abstenerse de beber 
ciertas bebidas, y permite que se cargue fuertemente á la generalidad de los 
consumidores mediante una tarifa proteccionista establecida en favor de una 
débil minoiía de industriales y de obreros. El sufragio universal no ha logrado 
siquiera garantir la vida humana; en varios Estados tolera asesinatos que 
con trabajo reprimen los agentes de la ley, expuestos á ataques á mano arma- 
da si tratan de cumplir su misión. La extensión reciente del sufragio entre 
nosotros, nos ha llevado á resultados muy poco diferentes de aquellos que 
acabo de enumerar. Lejos de haber asegurado el mantenimiento más enérgico 
de los derechos humanos propiamente dichos, se los ha desconocido más fre- 
cuentemente, aumentando la ingerencia y los gastos á costa de nuestro bolsi- 
llo. Se sigue, pues, un camino equivocado, tanto en Inglaterra como fuera de 
ella. No descubrimos indicio alguno de esa supuesta identidad: no la descubri- 
mos siquiera, en el caso extremo en que los hombres usan de sus llamados de- 
rechos políticos para despojarse de los derechos pi'opiamente dichos, como al 
elegir el plebiscito á Napoleón III, ni cuando consiente recargar el cerebro de 
sus hijos con lecciones de gramática y noticias do Reyes, muchas veces á costa 
de una alimentación insuficiente y de una debilitación de su joven tempe- 
ramento. Los llamados derechos políticos pueden servir para defender las ver- 
daderas libertades pero también para otras cosas, incluso para el establecimien- 
to de la tiranía. 

Párrafo 99. — Además de esta confusión de medios y fines, existe también 
otra causa de error. La concepción de un derecho es doble, y estamos expues- 
tos á creernos en presencia de sus dos factores, cuando solo uno se encuentra 
representado. 

Lo hemos demostrado varias veces; la libertad constituye el elemento posi- 
tivo de nuestra concepción, mientras que la limitación que suponen las liber- 
tades iguales de otros, constituye el elemento negativo. Es raro que esos dos 
elementos coexistan en ia debida proporción; á veces uno de ellos falta por 
completo. La libertad puede ejercerse sin restricción alguna y engendrar así 
agresiones perpetuas y una guerra universal. Por el contrario, las restricciones 
pueden ser iguales prácticamente, pero hasta el punto de destruir la libertad. 
El poder puede igualmente cohibir á todos los ciudadanos hasta reducirlos á la 
servidumbre, puede ocurrir que en la persecución de un fin filantrópico ú otro 
cualquiera, despoje á cada uno en particular de muchas partes de la libertad 
que debe subsistir después de haber tenido en cuenta las libertades de los de- 



33 

píritu previsor tan profundo para afrontar nuestros proble- 
mas nacionales, que, punto omiso de casos excepcionales, el 
terreno ha ido preparándose con una tranquilidad admirable, 
á fin de poner en movimiento la máquina gubernamental, 
casi por sí sola, una vez que falte el organizador que na pre- 
parado todos los elementos vitales de la Nación. Puede ase- 
más. La confusión de las ideas, de que hemos hablado, y que hace clasificar los 
supuestos derechos políticos entre los derechos propiamente dichos, es debido 
en parte á la predilección por la igualdad, que es su carácter secundario, 
mientras se olvida la libertad que es el primario. Los pueblos se han habitua- 
do hasta tal punto á asociar el desenvolvimiento del uno con el otro, que han 
concluido por considerarlos como íntimamente unidos y por creer que la ad- 
quisición de la igualdad asegura la de la libertad. 

He probado ya antes que esto no es así. Los hombres pueden usar de su li- 
bertad igual para someterse á la servidumbre; no comprenden que para dar 
satisfacción á la reivindicación aislada de la igualdad, basta la igualdad en el 
grado de opresión y en la suma de los sufrimientos. Olvidan que la adquisición 
de los llamados derechos políticos no equivale á la de los derechos propiamente 
dichos. La una solo proporciona el instrumento que puede servir ó no para 
defender la otra, instrumento ese que servirá ó no para cumplir el fin. La 
cuestión esencial es la siguiente: "Cómo es necesario proceder para garantizar 
los derechos propiamente dichos y defender loe de las agresiones extranjeras 
ó nacionales." Un sistema de gobierno no es, después de todo, más que un me- 
canismo. El gobierno representativo es uno de esos mecanismos, y la elección 
de representantes, confiada al voto de todos los ciudadanos, uno de los nume- 
rosos procedimientos de formación de un gobierno representativo. No siendo 
la elección sino un método para crear un medio capaz de garantizar los dere- 
chos, trátase en definitiva de saber si la posesión universal del sufragio procura 
el mejor. Ya hemos reconocido que no cumple tal fin con eficacia, y luego ve- 
remos que hay pocas probabilidades de que lo cumpla en las circunstancias 
presentes." — La Justicia, por Herbert Spencer. 

Por supuesto que somos de la opinión consignada en los pá- 
rrafos anteriores, solo en cuanto deban mirarse los derechos polí- 
ticos desde el punto de vista subjetivo, pues vistos objetivamente 
formando un cuerpo de prescripciones de la esfera constitucional, 
claro está que sí hay derechos políticos, y son: el conjunto de dispo- 
siciones legislativas que regulan las facultades y deberes de los ciudada- 
nos en relación con ellos mismos y con los diversos órganos del Estado. 

Pero el lector comprenderá desde luego que no se refiere á 
ellos el eminente pensador inglés, sino que estudia la cuestión de 
una manera más profunda, relacionada con la satisfacción de ne- 
cesidades trascendentales del individuo, considerado como elemen- 
to integrante de la agrupación de que forma parte. 



34 

gurarse que el país se encuentra en este momento de tal mo- 
do constituido y organizado que está listo para seguir su 
marcha de frente, cuando falte el General Díaz. A medida 
que el tiempo pase, las seguridades irán en aumento. 

Hace más de cuatro años pensábamos lo mismo, y él 
tiempo transcurrido no ha servido sino para robustecer nues- 
tra opinión. Si el General Díaz logra vivir siquiera dos lus- 
tros más, tendrá el inefable goce de contemplar tal estado de 
vigonzacion, que podrá prometerse para su muerte una certi- 
dumbre completa de que la Nación la deja cimentada tan per- 
fectamente, como es posible realizarlo dentro de la posibilidad 
humana, y por tal motivo exenta de todo peligro. 

Como signo de ello no sería necesario mas que considerar 
el buen juicio umversalmente manifestado con motivo de la 
última crisis financiera, que afectando lodos los mercados 
extranjeros al grado de producir violentas quiebras, hasta de 
Bancos reputados de primer orden, como el "Kniker bocker" 
de Nueva York, y el de Francfort en Alemania, no ha dado 
lugar aquí sino á quiebras insignificantes ó de muy poca 
consideración. Esto es producido más bien por el sano crite- 
rio de todos los particulares interesados en procurar la salva- 
ción general, para salvarse así mismos, que por medidas ad- 
administrativas, aun cuando no deba desconocerse la útil 
influencia de éstas, razón por la cual se han atenuado hasta 
donde ha sido dable los efectos de dicha crisis. 

IV 

El Estado tiene naturalezas diferentes según el lugar y el 
tiempo (Spencer párrafo 101, pág. 248). En varias sociedades 
antiguas "la sanción religiosa y política, unas veces combi- 
nadas, otras separadas, asignaban á cada cual su modo de 
existencia, sus creencias, sus obligaciones y su rango en la 
sociedad, no dejando campo alguno ala voluntad y á la razón 



35 

del individuo." Precisamente porque ni la religión ni la polí- 
tica goza ya de un poder semejante, la posición y la carrera 
de los individuos depende mucho más de ellos mismos que 
antes. 

Las condiciones en que nos encontramos actualmente, de 
quince ó veinte años á la fecha, sugieren desde luego la idea 
de que nos hallamos en un período valioso de transición po- 
lítica en camino al imperio de la democracia americana, que 
desde nuestro advenimiento á la vida independiente nos he- 
mos empeñado en tomar como ejemplo. La obra del General 
Díaz en la reconstrucción del Estado, jamás fué obra demo- 
ledora, todo lo contrario, si no hemos de admitir como tal la 
extirpación de los gérmenes revolucionarios y el pillaje. Su 
obra ha sido siempre, y es, obra eminentemente reconstruc • 
tora, y así debe admitirse desde el instante en que se acepte 
como cierto que su primera tarea fué la imposición del prin- 
cipio de autoridad; después, tomando como fundamento y 
comienzo de sus trabajos ese principio, ha puesto en movi- 
miento las energías latentes y las fuerzas vivas del país vin- 
culadas en la minería, la agricultura, el comercio y la nacien- 
te industria. Los intereses privados puestos en juego han 
hecho el resto; pero siempre ha debido tener y tenido en cuen- 
ta el carácter poli-étnico 1 de nuestro pueblo, con sus costum- 

1 Este elemento disolvente, diversidad de razas aborígenes, bien sabido es 
que los norte-americanos lo hicieron á un lado por medio del exterminio. En 
México, creyéndonos más humanitarios, nos hemos empeñado en la rehabilita- 
ción de los últimos restos de los antiguos pobladores, después que los enco- 
menderos los habituaron á servir como bestias de carga. Esa rehabilitación 
por medio de la difusión de la instrucción primaria solo sería posible en aque- 
llas tribus pacíficas lejanas de la, Mesa Central, donde se hizo menos opresiva 
la influencia de la encomienda, al grado de que todavía no se dan cuenta los 
indígenas que residen en esta altiplanicie del cambio político efectuado con la 
emancipación del país; y si se dan cuenta, acaso, para ellos seguimos siendo los 
mismos encomenderos con diferente ropaje. Por tal razón, esos restos de pasa- 
das civilizaciones están irremisiblemente desi inados á desaparecer, al golpe de 
la inexorable ley que determina la supervivencia de los más aptos en la lucha 
por la existencia. 



36 

bres diferentes de extremo á extremo del país, á fin de obte- 
ner en cuanto ha sido posible la amalgama de tantas tenden- 
cias diferentes, de las que al iniciar su obra, á la fuerza, y 
voluntariamente después, lia hecho surgir la unidad nacional 
que antes solo existía en los anhelos de las gentes ilustradas, 
(por desgracia no de todas) pero nunca en la realidad de los 
hechos que acusaban un movimiento centrífugo en las re- 
giones lejanas del centro; es decir, separatista. 

Puede opinarse, pues, que su trabajo ha sido reconstruc- 
tor y evolutivo, desde el momento en que ha sabido integrar 
la materia con que se ha podido constituir la nacionalidad 
mexicana como hoy se encuentra, disipando los movimientos 
que se oponían á ese objeto y, en el ínterin, procurando sa- 
car á la Nación de aquel estado de inercia letal que le hacía 
presentar el aspecto de homogeneidad indefinida é incoheren- 
te, para llevarla á la heterogeneidad definida y coherente que 
hoy ofrece. ' 

V. 

Las muchedumbres inconscientes han tenido muy po- 
ca ó ninguna participación en la política de nuestro país du- 
rante el período tuxtepecano y éste es el motivo por el que en 
algunos opúsculos, y en la prensa de oposición, se ha impu- 
tado al Gral. Díaz la muerte del espíritu público que antes 
de su gobierno, mejor dicho, antes de Juárez, se pretende 
era de tanta preponderancia. Pero si ello es verdad, no lo es 
menos que cuando se ha presentado una agrupación cualquie- 
ra, impulsada por el interés de tomar participación en la 
marcha administrativa, económica ó política del país, se ha 
respetado con toda religiosidad su intervención, y también 
aceptado, siempre que lo ha hecho en forma pacífica, aun 
cuando esa intervención haya sido contraria á las medidas del 

1 Spencer. Primeros principios; párrafo 145. 



37 

gobierne. Tan cierto es ésto como lo es que siempre ha exis- 
tido y se lia respetado la prensa de oposición, si no ha for- 
mulado ataques á la vida privada; tan cierto es ello, que has- 
ta la fecha existen periódicos no solo de oposición al gobier- 
no, sino de oposición á las doctrinas liberales originarias de 
de la situación actual. Esta manera de proceder ha permiti- 
do que con el transcurso del tiempo (del 77 á la fecha) en 
más de treinta años, hayan engrosado las filas del pueblo cul- 
to, aumentando, á la vez, el grupo director central y los gru- 
pos directores locales. Solo este aspecto de la evolución na- 
cional es suficiente para dar una idea del desarrollo que ha 
tomado entre nuestro pueblo (no solo el alto, sino parte del 
bajo) la tendencia de intervenir «n la política nacional, aun 
cuando no sea más que informándose de ella en la prensa de 
todos colores. El retraimiento del pueblo, consciente y acti- 
vo, lo mismo que el de las muchedumbres inconscientes, exis- 
te, en efecto, pero es el retraimiento del alboroto y de la re- 
vuelta. Hay, pues, datos para suponer, que no obstante la 
falta de ejercicio del sufragio en la forma activa americana, 
existe un espíritu público bien formado ya, que ha sido or- 
ganizado paulatinamente y, por lo mismo, una muchedum- 
bre que se hace oír en forma de representaciones cuando tie- 
ne interés, tanto mas consciente, cuanto mayor es su cul- 
tura. 

Cualquiera innovación legislativa para dar mayor inter- 
vención á las muchedumbres, por excelente que se considere 
teóricamente, daría un mal resultado si no procediera de esa 
misma muchedumbre, solicitada por ella y, llegado el caso, 
exigida y sostenida por ella; esa innovación si no daba mal re- 
sultado tendría sin duda, viniendo únicamente de arriba, el 
defecto de quedar letra muerta como tantas otras de nues- 
tras disposiciones legislativas. 1 Por contra las reformas que 

(1) Pág. 4. Prefacio de "Psicología de las multitudes," por Le Bon. — La 
naturaleza es radical á veces pero nunca según entendemos este radicalismo, 



38 

se impongan en vista de las necesidades de la Nación, serán 
válidas y verdaderas siempre que respondan á sus necesida- 
des. Hasta hoy no ha necesitado del ejercicio del sufragio 
para proteger sus derechos por ese medio, y no lo ha querido 
ejercer porque ha visto sus derechos respetados y porque ha 
confiado en el reconstructor del país; en balde es que se pre- 
senten casos de atropellos verificados bajo la protección de 
las autoridades locales, para demostrar por medio de ellos 
la impasibilidad de las masas y su consiguiente ineptitud 
para intervenir en la política nacional, pues aceptando des- 
de luego esos nefandos ejemplos como verídicos, 6llos y otros 
muchos que pasan desapercibidos, con ser tan múltiples no 
son sino las excepciones de la regla general, y hasta in- 
significantes en su número comparados con la infinidad de 
casos en que los derechos se respetan, aun en contra de la 
influencia de los prohombres locales. 2 El negar una cosa tan 
evidente, sería suponer tal estado de inconcebible atraso en 
nuestro pueblo, imputándole una apatía tan salvaje para su- 
frir atropellos, como nunca, ni en sus peores tiempos la ha teni- 
do para tolerarlos ni de sus más poderosos tiranos; y si tal su- 
cediera en realidad, sería insensato que estuviéramos ocu- 
pándonos de la reivindicación de sus facultades políticas, por 
cuanto á que deberíamos considerarlo, en tal supuesto, irre- 
misiblemente perdido. 

Por fortuna, semejante supuesto no es de concederse. 



por lo cual la manía de las grandes reformas es siempre funesta para un pueblo, 
por excelentes que puedan parecer tales reformas en el terreno teórico. 

Estas solo serían útiles cuando fuera posible cambiar instantáneamente el 
alma de las naciones y solamente el tiempo posee poder semejante. Lo que go- 
bierna á los hombres son las ideas, los sentimientos y las costumbres, cosas que 
están en nosotros mismos. Las instituciones y las leyes son la manifestación de 
nuestra alma, la expresión de nuestras necesidades. 

Procediendo de esta alma, pues, sería muy difícil un cambio instantáneo de 
instituciones y de leyes. 

(2) Ya escrito lo anterior liemos leído en la prensa que la Corte Suprema de 



39 



VI. 



La más alta y noble concepción del Estado en las etapas 
superiores de su evolución, debe consistir en obtener el bien- 
estar de los individuos que lo forman, porque el Estado co- 
mo agregación social carece de sensibilidad y su duración 
constituye un desiderátum solo en cuanto desarrolla las fa- 
cultades de sentir de los individuos ! lo que se obtiene pre- 
viniendo y evitando los obstáculos que se oponen al desarro- 
llo de la vida individual. 

Por eso el Gral. Díaz en su obra altamente humanitaria, 
se ha ceñido á buscar la felicidad y progreso del Estado, en 
su acepción más elevada, 2 comenzando por prevenir y evitar 
los obstáculos que se oponían á la vida individual: de allí su 
tenaz persecución al pillaje y su obstinación en someter al 
orden á toda clase de alzados. 

Pero los impacientes, una vez impulsados por su afán de 
imitación, procuran imponer en este país salvando la condi- 
ción de la oportunidad, las instituciones que han tenido buen 
éxito en otros, y se lanzan al campo de la redención preco- 
nizando la urgencia de implantar reformas de las que espe- 
ran resultados sorprendentes. Olvidan que los cambios polí- 
ticos de los pueblos son: ó revolucionarios ó evolutivos, y que 
las viejas formas políticas tienen que ceder el paso á las nue- 
vas solo por uno de esos medios. 

Desgraciadamente conocemos los nefastos y reaccionarios 
resultados que se han tenido en México cuando se han im- 

Justicia de la Nación negó el recurso de amparo al Gobernador de Campeche, 
en un juicio civil, imponiéndole una multa. 

(1) Párrafo 102 de "La Justicia." — Spencer. 

(2) El Estado es una porción particular de la humanidad, considerada como 
una unidad organizada. — J. W. Burgess. — Ciencia Política y Derecho Consti- 
tucional. — Idea y concepto del Estado. 



40 

plantado las reformas por los medios revolucionarios. El país 
de una manera unánime se ha puesto á la vista este dilema 
terrible: ó trabajo y progreso al amparo de un gobierno que 
hacemos fuerte con toda nuestra anuencia en servirlo de to- 
dos modos, ó volver al sistema antiguo de las reformas revo- 
lucionarias, con regresión manifiesta en el progreso. 

Mas de treinta años de una paz fecunda en acontecimien- 
tos sociales favorables al desenvolvimiento de las riquezas 
del país, han demostrado de un modo palmario que todo él se 
ha pronunciado por la aceptación del primer extremo, como 
indiscutiblemente preferible. 

Se ha comprendido que el progreso relativamente más 
perfecto, se alcanza por la mejor adaptación de medios á fi- 
nes, y que la forma política nunca ha sido un fin sino el medio 
de que las naciones se valen para alcanzar el progreso gene- 
ral y el mayor bienestar individual, que es lo que constituye el 
fin. 

Si á esto se añade que el capital es cobarde y que los in- 
tereses políticos que intervienen ó se ponen en movimiento 
hasta condensarse en una forma política determinada, son 
intereses de un orden puramente económico como efectos di- 
rectos de la concentración de la riqueza que atisba la mar- 
cha de la cosa pública y de todos los poderes públicos, antes 
de aventurarse en cualquiera clase de empresas, con objeto 
de hacer la explotación menos eventual, se comprenderá el 
secreto del prodigioso éxito que ha obtenido el reorganizador 
de nuestra patria al marchar sin tropiezos y con el asenti- 
miento universal en su gobierno. 

En fin, repitiendo lo dicho ó apuntado, diremos que des- 
de un principio se procuró el restablecimiento del orden para 
convertir la Nación en un Estado serio, pasando por encima 
de todos los intereses particulares que se oponían á ello, al 
buscar la satisfacción de los intereses generales. Muy en bre- 
ve ese procedimiento trajo consigo la condición actual en que 



41 

nos encontramos. Si tal conducta es demoledora, ignoramos 
el sentido ó significación de los vocablos españoles, al negar 
tal carácter á la obra del Gral. Díaz. 

Si su conducta ba sido despótica, es decir, absoluta, sin 
ley y tiránica, en la acepción genuina de la palabra, enton- 
ces quiere decir que no ajustó nunca sus procedimientos á 
ningunas leyes ni costumbres de ninguna clase, lo cual es 
contrario á la realidad de los becbos, pues precisamente ba 
sabido respetar las costumbres y las leyes, procurando bacer 
leyes cuando no las ba encontrado, por medio del órgano en- 
cargado de ello. Si acaso alguna ley escrita ba dejado de 
cumplir, en caso excepcional, es porque ba obedecido leyes 
más imperiosas, leyes biológicas y sociales. 

Si ha sido despótico en la acepción etimológica de la pa- 
labra, es decir Señor de la Comarca, ha tenido siempre buen 
cuidado de no aparentarlo y normar su conducta de tal mo- 
do, que más bien se ha presentado como el servidor de la 
Nación, que como el Señor de la Comarca. 

VII. 

Se ha repetido hasta la saciedad, pero sin explicarlo sa- 
tisfactoriamente, que al confederarse las trece colonias que 
formaron los Estados Unidos de América, sus habitantes ha- 
bían adquirido el hábito de gobernarse por sí mismos, lo cual, 
á diferencia de lo que sucedió en México al independerse, 
daba á los norte-americanos desde el primer día de su eman- 
cipación, aptitud especial para intervenir en política, de la 
que aquí se carecía por falta de costumbre, pues la Nueva 
España fué siempre gobernada por los Virreyes, las Audien- 
cias, el Santo Oficio y el Consejo de Indias. Es verdad: en lo 
que no se ha llamado la debida atención, es en la divergen- 
cia fundamental que diferenciaba el carácter de los primeros 
pobladores de las trece\olonias americanas del carácter de 
los pobladores de la Nueva España. 



42 

Aquellos fueron á las colonias, no solo huyendo de la in- 
tolerancia religiosa tratando de conservar su culto, sino des- 
pués de haber arrancado por la fuerza, á principios del siglo 
XIII (1215), al Rey Juan sin Tierra la Magna Carta, que se 
había empolvado con más de un siglo de olvido desde que la 
otorgó Enrique I; defendido las garantías de ser juzgados 
por sus pares; de no pagar impuestos que no fueran legal- 
mente decretados; de no prestar trabajos personales sin re- 
tribución justa y sin su consentimiento; de no ser juzgados 
sino por leyes dadas con anterioridad al hecho; etc., etc, ga- 
rantías que eran más apreciadas por los ingleses á medida que 
eran más atropelladas por sus reyes,dando lugar auna acción 
y reacción sucesivas de ataque y defensa, que capacitaba á 
los ingleses cada día más para el ejercicio de sus derechos. 1 

Los españoles vinieron, por el contrario, después de ha- 
ber visto perecer sus fueros en Villalar y, en señal de tácita 
anuencia, contemplado impasibles la ejecución de su caudi- 
llo, Juan de Padilla, después de la derrota 2 En lugar de re- 
clamar sus libertades después de aquel desastre, los españoles 
miraban con satisfacción el éxodo de la morisma llevando 
consigo su riqueza y sus industrias á otros países donde fue- 
ran toleradas sus creencias; y lejos de protestar el futuro 
colono de la Nueva España contra los desmanes del Santo 
Oficio, emigraba con dirección al Nuevo Mundo, no con el 
propósito de encontrar un asilo donde refugiar su fe, pues 
emigraba satisfecho con su fanatismo, sino llevando en la 
mente estereotipada la grandeza de su patria, vinculada en 
la circunstancia de ser el país que lograba en Europa la uni- 
dad nacional con la toma de Grranada y la extinción de los 
fueros] que, por el momento, eran vistos como síntomas de diso- 
lución, sin parar mientes en que esa grandeza no estaba 

(1) Macaulay. — History of England. — Tomo I. Págs. 37, 38 y 39. — Tomo III, 
págs. 39, 83, 91 y 447.— Tomo V, págs. 127, 139, 141 y siguientes. 
(2) — Lafuente. — Historia de España. Tomo VIII. Págs. 107 á 117. 



43 
acompañarla con la institución del jurado, del parlamento con 
sus Cámaras, de ]a libertad de conciencia, y, por último, de 
todo aquello en que no se había ocupado desde tantos siglos 
antes, como en Inglaterra sucedió, porque toda su atención 
la tenía fija en la reconquista de la tierra que, palmo á pal- 
mo y en más de setecientos años, arrancó del poder alguna 
vez omnímodo de los musulmanes. 

En fin: el carácter del colono inglés era diferente del es- 
pañol, dadas las tradiciones distintas que á cada uno lo se- 
guían; allá, todas las libertades; aquí, la ausencia de ellas; 
allá, el gobierno directo de los colonos, fuese Provincial, Pro- 
pietario ó de Carta Patente; ' aquí la sumisión absoluta de 
los colonos al Gobierno de la Madre Patria. 

Natural fué, pues, la enorme diferencia de aptitudes para 
el gobierno propio, al nacer los dos pueblos á la vida inde- 
dependiente. 

Aquellos al confederarse, primero, y después al federar- 
se, modelaron su Constitución al estilo de la Carta Magna, 
de la que eran remembranzas más ó menos cercanas, las Car- 
tas Patentes. Estos, al organizarse después de la Indepen- 
dencia, no teniendo que imitar en las tradiciones políticas 
patrias, procuraron hacerlo en la Carta Americana que con- 
tenía principios á la moda, 2 pero que no contenía ni el menor 
reflejo de los hábitos que por tres siglos habían imperado en 
esta tierra. 

Allá moldearon la ley fundamental sobre costumbres se- 
culares y tradiciones venerables traídas de la vieja Inglate- 
rra. Aquí fué al revés: hubo necesidad de moldear las cos- 
tumbres sobre una ley fundamental, agena á los usos tradi- 
cionales, pues en lugar de conservar el Santo Oficio, las 
Audiencias, el Virrey y el Consejo de Indias, cosa que ha- 
bría sido imposible dado el espíritu de la época que de las 

(1) — Story. on the Constituidor), págs. 17 y siguientes. 
(2) — Alamán. Tomo V, pág. 777. 



44 

tradiciones patrias conservaba solo la intolerancia religiosa, 
se estableció un poder ejecutivo, uno legislativo y uno judi- 
cial, 3 produciendo ésto en el ánimo de los sencillos habitan- 
tes del México independiente tan poco ó ningún efecto, que 
de todo se ocupaban esos tres poderes, menos de llenar de- 
bidamente sus funciones respectivas, al grado de queden los 
primeros gobiernos se les fué por alto á los legisladores, du- 
rante varios períodos, su tarea de arbitrar recursos decretando 
al efecto los impuestos necesarios para el sostenimiento de la 
administración, * Pero á fuerza de empeñarse los Gobiernos 
mexicanos en caminar bajo la égida de alguna ley constitucio- 
nal copiada, sufriendo tropiezos que la sujeten á duras pruebas, 
han acabado por acostumbrarnos á que en cualquiera forma 
de gobierno, sea central ó federal, se marche bajo el amparo 
dé una Carta Fundamental, que, con cortas interrupciones, 
se ha sostenido siempre como base del régimen adoptado; con 
la circunstancia trascendental de que la última ha servido de 
bandera al partido liberal, durante la época aciaga de la Re- 
forma; de blanco de los ataques de sus enemigos, asi como de 
forma legítima que habían adoptado y bajo la cual comba- 
tieron los héroes de nuestra segunda guerra de independen- 
cia. 

A la caída del imperio estaba la masa del pueblo tan apta 
para el ejercicio de sus derechos políticos, con poca ó ningu- 
na diferencia, como en 1821: en cambio habíale dado un gol- 
pe de muerte al fanatismo y había adquirido á costa de su san- 
gre una noción muy alta sobre la nacionalidad, siendo enton- 
ces más que en 1847, cuando se comenzaron á percibir seña- 
les manifiestas del afán de todas las clases por conservar la 
independencia. Y como la forma republicana democrática ins- 
tituida por la Constitución de 57, había sido la conservada por 

(3) —Bases constitucionales aceptadas por el segundo Congreso Mexicano al 
instalarse en 24 de Febrero de 1822. 
(4) — Alamán, tomo V, págs ñltí y 517; pags. 580 y 581; pág. 834. 



45 

los patriotas para combatir al extranjero y dominar á los in- 
fidentes, el pueblo y sus caudillos convirtieron esa carta en 
una palabra de salvación que basta hoy se escucha como sa- 
grada, confundiéndose la vigencia de la Ley Fundamental 
hasta con la vida de la República. 

De ahí las preocupaciones profundas que han suscitado en 
todas las clases cada una de las reformas que se han hecho á 
la Constitución, á punto de que haya sido indispensable ex- 
plicar con pormenores detallados cada una de ellas, garanti- 
zando la conservación del fondo de las instituciones democrá- 
ticas y sólo adaptándola en sus modificaciones á las conve- 
niencias positivas del país. Sin embargo, la repugnancia ha 
sido manifiesta hasta en las clases cultas, que más debieran 
contribuir con sus opiniones al perfeccionamiento del pacto 
fundamental. 

Hay pues, que acudir á otra revolución si se quieren efec- 
tuar cambios radicales ó esperar á que una evolución lenta 
y eficaz los opere, si no se han de ocasionar alborotos inne- 
cesarios y peligrosos, aguardando á que el tiempo, la mayor 
cultura de las masas y el industrialismo aconsejen los cam- 
bios que efectivamente nos convengan, así como ha sucedido 
con la última reforma referente al restablecimiento de la Vi- 
ce-Presidencia, y que con justicia se ha conceptuado por el 
país entero de conveniencia indiscutible. 

VIII. 

Cualquiera que no hubiese sido meope ni sordo, percibiría 
en las clases ilustradas del país un desasosiego marcado que 
desde hace más de quince años ocasionaba la falta de un su- 
cesor legal y fijo del Presidente de la República, es decir, 
la falta de un órgano que se hacía indispensable en el engra- 
naje del mecanismo político trasplantado á nuestra tierra. 

Razones relacionadas con la conveniencia de suprimir un 



46 

centro de maquinaciones, hicieron que se quitase del Presi 
dente de la Suprema Corte de Justicia la posibilidad de que 
llegara á suceder al Presidente de la República, confiriéndo- 
sela al Presidente de la Cámara de Diputados ó Senadores, 
primero, 2 y después, á uno de los Secretarios de Estado, 3 en 
determinados casos, cometiendo al Congreso de la Unión la 
facultad de elegir un substituto del Jefe de la Nación. 

Pero tal combinación no pareció calmar el deseo de seguri- 
dad, y la opinión se pronunció bien marcada en el sentido de 
provocar la reforma que integrase el mecanismo gubernamen- 
tal, restableciendo el funcionario existente en la Constitu- 
ción Americana que nos ha servido de muestra en la elabo- 
ración de nuestras instituciones políticas. 

Cuando las opiniones se uniformaron y tuvieron su nece- 
saria condensación, al grado de provocar la publicidad de al- 
gunos estudios, 4 determinaron la restitución del órgano que 
ya era conocido en las antiguas leyes constitucionales de la 
República. Se convino en el restablecimiento de la Vice- 
Presidencia al estilo Norte-americano, considerándola por sí 
sola, independientemente de la persona que ocupara el puesto, 
como prenda segura de la conservación de la paz, porque la 
paz se ha estimado atinadamente como el único medio en 
donde puedan florecer las mejores actividades nacionales; el 
desarrollo de las sanas energías de los ciudadanos y como con- 
secuencia coetánea la garantía más eficaz de todos los dere- 
chos con el pleno ejercicio de las facultades políticas de los 
ciudadanos. 

IX. 

Los Estados Unidos, como colonias, habían tolerado el 
dominio inglés con recelos y alarmas constantes, discutien- 

(1) — Reforma Constitucional de 3 de Octubre de 1882. 

(2) — Reforma Constitucional de 24 de Abril de 1896. 

(3) — Entre otros "El Problema Actual." Ensayo Político por Manuel Calero. 



47 

do á cada paso, las medidas dictadas en virtud de las prerro- 
gativas de la Corona que veían como invasoras de sus liber- 
tades: así es que al confederarse procuraron buscar una fór- 
mula con la que fuera posible encontrar la equivalencia entre 
el menor número posible de libertades renunciadas por cada 
Colonia y la mayor utilidad y cohesión posibles en favor de 
la agrupación de ellas. Es decir, tendían á conciliar dos pro- 
posiciones contrarias y, por lo mismo, inconciliables; por cuan- 
to á que la cohesión podría ser cada vez más completa á me- 
dida que el poder creado sobre ellas fuera más fuerte, deri- 
vada esa fuerza de la mayor suma de elementos que las par- 
tes llevaran al todo, ó, lo que es igual, de las renuncias que 
que las Colonias hicieran en beneficio común. 

Pero los recelos que antes se tenían de la Corona después 
se tenían entre sí los Estados confederados desconfiando los 
débiles de los fuertes, y esto impedía una sólida unión, no obs- 
tante la necesidad ingente que de ella había y las dificultades 
que por su falta se sufrían hasta para el sostenimiento de la 
guerra de independencia, que habría fracasado si no hubiera 
sido por la ayuda de los empréstitos extranjeros. 1 Al cabo se 
hizo patente la imposibilidad de marchar en tales condiciones, 
pues la confederación sin recursos y sin fuerza debería pere- 
cer por débil. La confederación murió, pues, apenas nacida, 
para dar lugar al advenimiento de la República Federal, or- 
ganizada de conformidad con la Constitución de Piladelfia de 
Septiembre de 1788, ratificada en seguida por once de los Es- 
tados, menos Rhode Island y la Carolina del Norte, que la 
aprobaron hasta el año siguiente. J 

Sin embargo de que la nueva Ley Fundamental se adop- 
taba para conseguir una unión perfecta (palabras del preám- 
bulo) y por consiguiente más cohesiva, se impusieron reglas 
precisas para resguardar las libertades de unos Estados res- 

(1) — Story, obra, citada, Párrafos 29 á 35, 
(2) —Párrafos 37 y 38. Obra citada. 



48 

pecto de otros y garantías para compensar la influencia oca- 
sionada por la mayor población y mayor poder de unos con 
relación á otros. 

Entre esas garantías se cuenta la institución del Senado 
y la concesión de la Presidencia del mismo al Vice— Presiden- 
te de la República. No se conceptuaron promiscuas esas fun- 
ciones. 

La causa porque se designó, pues, al Vice-Presidente de la 
República de los Estados Unidos para ocupar el puesto de 
Presidente de la Cámara de Senadores, fué preventiva; es de- 
cir, tuvo por objeto evitar los recelos de los Estados que for- 
maron la Unión Americana conservando la igualdad de ellos 
en el Senado. 

En efecto: considerábase que si el Presidente se hubiera 
elegido de entre sus propios miembros, el Estado cuyo fuese 
el Senador Presidente, habría podido contar con más ó me- 
nos influencia de la que le correspondía: si tuviera el Presi- 
dente la facultad de votar y al mismo tiempo el voto de cali- 
dad, el Estado á quien representara el Senador Presidente, 
en ese caso gozaría indebidamente de doble voto; y si, por el 
contrario, estuviera imposibilitado de votar con la única ex- 
cepción del caso de empate, entonces el Estado estaría priva- 
do de su voto. 

A fin de prevenir las dificultades que surgieran en tales 
circunstancias, así como para dar al Senado toda la respeta- 
bilidad que le atribuye su carácter de representante de todas 
las entidades componentes de la Unión, se ideó darle como 
Presidente al funcionario elegido por todo el país y no por 
uno de los Estados. 1 

Como se vé, esa atribución en nada desmerecía la distin- 
guida y elevada posición del Vice-Presidente de la Repúbli- 
ca; lejos de ello, si en algo influyó fué para realzar el rango, 

(1)— Story, Párrafos 110, 111, 112, obra citada. 



49 
de suyo respetable, del que está designado para suceder al 
Primer Magistrado de la República. 

X. 

Expuesto lo anterior parece que sale sobrando todo lo de- 
más que se diga para demostrar que al restablecerse la Vice- 
Presidencia de la República, no — "se atacó la esencia misma 
de la institución — " ' 

Quien tal dijo no supo que la esencia de la institución en 
el sentido que pretendió darle, (ser y naturaleza de la cosa, ca- 
rácter radical y profundo sin cuya mediación nada existiría 
como existe) 2 no la hay, pues según ha podido observarse, el 
Vice-Présidente, como tal, no es propiamente un funcionario 
porque no cumple función alguna. En los Estados Unidos 
si no fuera porque de él se ha echado mano para que ocupe 
la presidencia del Senado, absolutamente ninguna función 
tendría que llenar y ya se han visto los motivos preventivos, 
del todo ajenos á su investidura, porque se acudió á él para 
ese cargo. 

El Vice-Presidente está á prevención listo para "ser" 
cuando falte el Presidente; en el Ínterin solo es un probable 
sucesor: luego en nada influye su mediación para que los de- 
más funcionarios tengan ó dejen de tener su existencia pro- 
pia. De consiguiente no existe tal esencia misma de la insti- 
tución y no existiendo, mal pudo atacarse en México solo por- 
que el Vice-Presidente pueda ocupar un puesto elevado en la 
administración. Bien al contrario. En nuestro país se ha 
comprendido que una persona elegida para llenar ese lugar, 
debe escojerse entre los hombres más laboriosos, más hábiles, 
más en contacto con sus necesidades y más conocido, lo cual se 
logra únicamente experimentando al escogido en un puesto de 
prueba. 

(1>— Querido Moaeno. mismo folleto, pag. 23. 
(2) — Roque Barcia. Voz esencia. 



50 

No solo aquí ha evolucionado la opinión en tal sentido. 
Aun en los Estados Unidos se ha pronuncia do ya desde hace 
tiempo pidiendo mayor actividad política y administrativa 
para el Vice-Presidente, de la que actualmente tiene 1 y no 
está lejano el día en que allende el Bravo adopten la forma 
en que nosotros hemos aceptado la institución. 

Si cosa diferente se ha pensado decir, al asentarse que 
con permitir al Vice-Presidente de la República, según nues- 
tra última Reforma, ocupar otro puesto federal se atacó á la 
esencia misma de la institución, nos encontramos entonces al 
frente de un logogrifo que no alcanzamos á descifrar. 

Cada quien es libre de escribir en los términos que me- 
jor cuadren á sus propósitos. El autor de "Hacia donde va- 
mos" creyó conveniente producir sus ideas en medio de una 
fatigante y con frecuencia ininteligible vocinglería; pero de lo 
qae no somos libres, es de hablar acerca de lo que ignoramos, 
y mucho menos de lanzarlo por los cuatro vientos de la publici- 
dad, so pena de pasar por insensatos y audaces. En ello ha 
incurrido el autor del antedicho folleto, especialmente al ha- 
blar del Sr. Corral, comenzando por confesar que carece de la 
documentación suficiente acerca de su persona. Es verdad 
que no pretende, al parecer, dar un juicio definitivo, con lo 
que mal encubre su propósito de expresarlo, regalándonos con 
el timo déla imparcialidad; pues desde el instante en que afir- 
ma "que la obra del Sr. Corral, en su paso por el Ministerio 
de Gobernación, se caracteriza por la más absoluta y tozuda pa- 
sividad, 1 '' no solo juzga su obra con mucha ligereza, sino que 
también pretende falsear el carácter relevante de tan distin- 

(1) — "Un medio para asegurar este deseable resultado sería, indudablemente, 
aumentar el poder del '. ice-Presidente. Este debería ser siempre consultado por 
el Presidente en todo asunto importante para el partido. Sería muy conveniente 
que tuviera su asiento en el Gabinete y que, además de su voto en el Senado en caso 
de empate, tuviera voto en las circunstancias ordinarias y algunas veces voz 
en los debates." Teodoro bioosevelt; artículo publicado en la edición del mes de 
Septiembre de 1896 del Rewiew of Rewiews. 



51 
guido funcionario, á quien ha hecho respetable precisa- 
mente su incansable actividad y su inagotable laboriosidad, 
adunadas á su intachable honradez, de la que puede dar fe 
el país entero. 

Sobre todas las grandes cualidades que reconocen al Sr. 
Corral amigos y enemigos, tiene una que, por desgracia, po- 
co abunda entre los humanos: puede afirmarse sin hipérbole, 
que la lealtad se ha hecho carne para tomar el nombre del 
Sr. Corral; naturalmente los que nada conocen de eso, tienen 
que atribuir tan envidiable virtud á tozuda pasividad. 

XI. 

La fuente de salvación verdadera del país se encontrará 
únicamente en el trabajo á que se ha consagrado; los campos,, 
la minería, el comercio y las industrias fabriles, traerán con- 
sigo el acrecentamiento de la riqueza y ésta el perfecciona- 
miento de las instituciones politicas. 

La primera reforma que habrá de sugerir nuestro progre- 
so material, será en el sentido de adoptar la forma de gobier- 
no parlamentario, que más cuadre á nuestro medio ambiente 
social y económico. Pero ello vendrá sin sacudidas y en con- 
diciones mejores de aquellas en que existió alguna vez, esto 
es, por evolución y no por revolución. No habrá necesidad de 
copiar servilmente esa forma en Inglaterra, patria del parla- 
mentarismo, sino adecuarla al modo de ser de nuestras cla- 
ses, para que secunde nuestras aspiraciones nacionales. 

Próximamente daré los motivos en que fundo mi creen- 
cia, demostrando que visiblemente marchamos hacia el gobier- 
no parlamentario. 

XII. 

Nuestro país, por fin, ha llegado á un punto de progreso 
tal, que no nos es dable dudar de sus destinos. A pasos agi- 



52 

gantados camina salvando toda clase de obstáculos y, ¡quién 
lo creyera! de su propio seno surgen los incrédulos más recal- 
citrantes, pretendiendo hacer prosélitos entre los ignorantes, 
no con muy santos fines. 

A quién puede ocurrírsele que es tarea patriótica, sembrar 
desconfianzas y provocar trastornos? ¿A quién puede ocurrír- 
sele, que proclamar á voz en cuello que seremos devorados 
por el expansionismo anglo-americano, de una manera fatal é 
irrevocable, es noble y es patriótico? Acaso esos sermones 
aumentan la virilidad del pueblo? Se pretende acaso que es 
el grito de alarma para prepararnos á la defensa? Insensatos! 
A nadie se le da confortativos con amenazas constantes, y 
los pueblos que oyen á todo instante un augurio terrible, aca- 
ban por desear que se realice para salir de la angustia cuanto 
antes. 

Por fortuna el porvenir es de los más aptos y México has- 
ta este momento no ha demostrado ser inepto. Pronto lo de- 
mostraremos con cifras auténticas. 



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